LUCES EN LA NOCHE.
En cierta ocasión se celebraba en una Parroquia el entierro de un hombre que había sido muy piadoso. La familia estaba muy apenada. Se respiraba en el ambiente dolor y tristeza, angustia y desesperación.
Un joven se preguntó si los cristianos tenían una actitud diferente ante la muerte que el resto de los ciudadanos y si realmente con estas actitudes desesperadas cuestionaban a alguien en esta sociedad. Y recordó el impacto que tuvo Edith Stein, aún atea, cuando fue a visitar a la joven viuda de su amigo Adolf Reinach, la Señora Anne Reinach, que se habían bautizado poco antes en la Iglesia evangélica.
Y Edith encontró en Anne Reinach una aceptación de la muerte de su marido que la zarandeó interiormente. Ella como filósofa había encontrado siempre ante la muerte dolor, sufrimiento, desesperación, misterio, y sin embargo su amiga transmitía paz y serenidad interior, fundamentada en el Dios de Jesucristo.
Tal fue el impacto existencial de aquel encuentro con su amiga, que años más tarde, Edith comentaba: "Fue el momento en que se quebró mi incredulidad, palideció el judaísmo y apareció Cristo: Cristo en el misterio de la Cruz".
Según el análisis conciliatorio, en las relaciones humanas entran en juego cuatro posibles posiciones vitales respecto a uno mismo y a los demás:
La primera, considerada desequilibrada, parte del principio que "yo estoy mal y tú estás bien". Desde esta postura pedimos al otro ayuda, consejo, acogida y protección.
La segunda, estimada perturbadora, parte del principio que "yo estoy mal y tú estás mal". Desde ella ambos interlocutores comparten ideas, críticas, proyecciones, miedos e inseguridades hacia lo otro, hacia los demás.
La tercera, contemplada como fundamentalista, parte del principio que "yo estoy bien, tú estás mal". Desde ella se contemplan actitudes dictatoriales, fundamentalismos políticos y religiosos, teniendo recelo hacia la libertad del otro.
Y la cuarta, considerada psicológicamente correcta y socialmente válida, parte del principio que "yo estoy bien y tú estás bien". Desde ella podemos gestar un hombre auténticamente realizado y maduro, deseoso de crear un mundo más solidario y fraterno, y en un plano de igualdad buscar la ansiada verdad.
Romano Guardini en su libro "La esencia del Cristianismo" afirma brillantemente: "El Cristianismo no es, en último término, ni una doctrina de la verdad ni una interpretación de la vida. Es eso también, pero nada de ello constituye su esencia nuclear. Su esencia está constituida por Jesús de Nazaret, por su existencia, su obra y su destino concreto, es decir, por una personalidad histórica".
Y cada uno de nosotros, creyentes y seguidores de Cristo, tenemos que cimentar nuestra fe en ese Jesucristo que ha aunado con un nexo inviolable el amor a Dios y al prójimo, reafirmando como baluartes de toda una existencia auténtica el amor, la esperanza y la fe.
Desde Jesucristo comprendemos, a la luz de toda su vida, que "Dios necesita de los hombres no para ser Dios sino para ser un Dios de hombres y mujeres" (Edward Shillebeeckx), y que es imposible gestar un credo razonable al margen de la historia del hombre, de su temporalidad, de sus angustias y esperanzas, anhelos y frustraciones, sueños y fatigas, proyectos y derrotas.
Y dijo el profeta: La fe de ordinario es primero vivida y experimentada, y sólo después pensada o fundamentada.
La fe razonada gira en una doble dirección: por un lado, hacia dentro de la propia creencia para comprobar la solidez del mensaje que ha sido recibido y transmitido, y por otro, hacia fuera para poder dar razón a la propia esperanza en medio de una cultura, en ocasiones cimentada en la increencia y en la "sospecha".
Sin estas dos direcciones la fe no cruzará el umbral de la purificación y no dejará de ser infantil, sellada en actitudes defensivas, ajena a la cultura dominante y a los interlocutores combartientes.
Bien sabemos, aún sin sospecharlo, que vivimos en precariedad la cercanía
indefectible de Dios, reafirmando a menudo que "Dios es más objeto de
esperanza que de saber" (Gustavo Gutierrez), implorando con insistencia que
"lleguen a ser dulces a nuestro corazón las cosas que nos mandas
creer" (oración en la fiesta de san Anselmo).
John Waters es un director de cine, conocido mundialmente por su excelente película "Pecker", una comedia en la que su protagonista, un joven empleado en una tienda de sandwiches que fotografía el paisaje humano de su entorno inmediato, es convertido en la última sensación de la escena artística neoyorquina. Con el éxito la vida de Pecker cambia drásticamente y la fama le asfixiará. Al final, el joven artista tendrá que elegir entre un triunfo abrumador o un anonimato tranquilo.
Le preguntaron recientemente en una entrevista que "¿Cómo veía los años 90?" Y John Waters contestó: "Es gracioso. Porque ahora todo es mal gusto, todo es basura. La televisión es basura, la prensa es bausura, incluso el New York Times. Todo es enfermizo y sin gusto. Todo el mundo dice tacos, todo el mundo dice cosas sucias. ¿Cómo ser original? Es el momento de hacer lo contrario".
¡Magnífico consejo de John Waters que afirma que el mal gusto se ha impuesto en todas nuestras relaciones y, si queremos ser originales en este tiempo histórico que nos tocado vivir, alejémonos de la "cultura basura" y edifiquemos nuestras vida en la estética y el buen gusto!.
Un comandante del ejército comentaba a su amigo sacerdote: "Si la Iglesia predicara más sobre la compasión y la misericordia de Dios tendría a los hombres y mujeres de hoy a sus pies".
Y esta observación debe de hacernos conectar con el ansia del hombre actual de encontrar una dimensión espiritual que lo reconcilie consigo mismo y lo lance hacia cuotas cada vez más perfectas de felicidad y de liberación.
Los hombres y mujeres de hoy, demasiados fragmentados en sus adentros y poco entusiastas de sí mismos, añoran sin saberlo una pizca de misericordia que los haga sentirse más realizados y puedan sentir en sus aposentos interiores un sentido global último que los reconcile con la vida.
Y de vez en cuando miran más allá de las estrellas un Alguien que se haga cercano sin saber con certeza que ese Alguien dormita en su interior y se manifiesta en los prójimos menos convincentes y en los rostros menos evidentes.
Sin la misericordia, el hombre corre en busca de la competencia y entra en la ley de la jungla, dominada por la violencia y la desolación, el vacío y la muerte, la desesperanza y el sin sentido.
¡Sí, necesitamos hablar más a menudo del Dios que se manifiesta desde la compasión y la misericordia!
Y dijo el profeta: El lenguaje del corazón es el único que redime al hombre de la carga de la sospecha y la huella de la caducidad. Solamente la mirada interior puede hacernos ver en el otro al hermano que necesita de afecto, la sonrisa que requiere un receptor, el pobre que reclama un ramillete de cariño. Este lenguaje es el único capaz de romper la monotonía de una vida y la sospecha más ciega.
Muchos hombres y mujeres deambulan día y noche sin que nadie les hable al corazón y solamente descubren unos labios que les hablan de dinero, de la cotización de la bolsa, del final de una novela, de la ropa y los muebles, de los problemas de los hijos... pero jamás encuentran un ser humano que les haga emocionarse por entero consigo mismo y los lance hacia el futuro caldeando su espíritu.
Y este lenguaje del corazón es el único capaz de ver con los ojos del amor, que son invisibles en ocasiones, y piden al hombre mismo una pizca de compasión y un ramillete de ilusiones.
Si hallas en tu vida este lenguaje del corazón da gracias a la vida en tu interior, sin mucho ruído, y desde esa gratitud encontrarás que de vez en cuando lo mejor se da en dosis pequeñas, e incluso pasajeras, pero que su eco permenecerá tanto como dure tu vida entera.
Los teólogos de la muerte de Dios intentaban mantener intacto el mensaje de Jesús en una cultura que había instalado sus anclas en el ateísmo y en la increencia. Y desnudaron de trascendencia todo el discurso evangélico y todos los libros bíblicos, desmitologizando páginas gloriosas a favor del hombre y reclamando la caridad como única manera de ejercer la identidad cristiana en el siglo XX.
Y la fe volvió a reducirse a lenguaje, a sentimiento, y en medio de tantos bombardeos racionales de la cultura dominante intentó esconderse en el único refugio seguro que le quedaba, el corazón.
Pero no llegó la muerte de Dios a nivel conceptual y la existencia conflictiva del hombre reclama un Alguien que dé sentido global al final del camino y dé aliento a sus convicciones en la confusión del trayecto.
Los teólogos de la muerte de Dios renegaron de Dios para acercarse al hombre, pero el hombre mismo pidió a gritos, en nombre de la escatología y la teleología, la existencia de ese Dios que pudiera dar razón última a las grandes cuestiones filosóficas y dar un sustento a la dimensión moral de la persona.
Y hoy los teólogos jamás cuestionan a Dios si no es en prejuicio de todo el edificio teológico y de la misma confianza en el hombre.
Después de la resurrección de Jesús, María Magdalena vivía retirada en una casa abandonada en el desierto de Judea, cerca del Mar Muerto. Y en el lecho de su muerte encontraron una carta, cargada de sentimiento: "Durante años me sentí deprimida y sucia, marginada y alejada de Dios; no veía nada positivo en mi confusa existencia que era visitada diariamente por hombres de diversa condición para poseer mi cuerpo a cambio de dinero. Y esto llegaba a desesperarme. Pero apareció Él en el horizonte de mi conflictiva existencia y me miró -no con los ojos apasionados de otras miradas sino con unos ojos que transparentaban la compasión de otras latitudes, más allá de las nuebes y más cerca que yo misma-. Me penetró por entera como raras veces he sentido ante los ojos de alguien y mi vida quedó quebrada en mil añicos. Y resonó fuetemente su voz suave y cautivadora, rítmica y seductora: "Vete y en adelante no peques más". Y ya jamás pude ser la misma. Toda mi vida quedó a tiro de la conversión y deseosa de nuevos rumbos, impensable desde entonces sin Él.
Ahora, en la hora de mi muerte, intento encontrar la luz que tantos años he buscado y ansío unirme plenamente con el amado de mi alma, con el esposo de mi vida y con la esencia misma de mi existencia. Muero pero estoy contenta de entrar gozosamente a la vida"
En una reunión de catequesis el catequista preguntó: ¿Qué significado tiene hoy el ayuno a los ojos de Dios?
Un joven afirmó que el ayuno no tiene sentido alguno en un mundo donde la opulencia y el consumo se han impuesto por doquier.
Otro joven contestó que el ayuno es un signo externo que ha dejado de ser válido para mucha gente porque no han comprendido la intención última de esa práctica que para muchos es sólo un rito vacío y superficial.
Una joven comentó que el ayuno como privación de alimentos es un medio útil para potenciar el dominio interior y remodelar el carácter y la voluntad.
Pero otro joven sugirió: "Creo que el ayuno es más que la simple privación de alimentos y hay que situarlo en un contexto más amplio. He leído un pasaje bíblico magnífico que expresa con gran nitidez el ayuno que Dios quiere: "abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como aurora, enseguida te brotará la carne sana, te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor" (Is 58, 6-8).