LUCES EN LA NOCHE.
121.- dioses de barro.
Cuando el hombre absolutiza a personas y cosas entonces surgen dependencias patológicas que rompen la armonía de la perfección y nos anclamos como parásitos en la idolatría.
Cuando idolatramos a las personas entonces nadie puede verse libre de las ataduras invisibles del escándalo y tememos con estupor que alguien al que hemos idolatrado tenga defectos y algún que otro fallo.
Si tú no eres capaz de reconocer la vulnerabilidad de los humanos y solamente reconoces como absoluto al Dios invisible, el Totalmente Otro, el único Santo, sabrás que te anclarás en la medianía y que tarde o temprano te defraudarán los que has ensalzado y solamente irás en busca de dioses de barro, que nada te comprometan, nada te inquieten y nada te exijan.
Sólo entonces descubrirás que el camino que elegiste estaba desde el principio equivocado, y que alguien te susurró al oído: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22,37).
San Francisco de Asís gustaba de rezar en una Iglesia estupenda, pequeña, pobre, hecha de piedras en el Rio Torto, llamada San Damián. San Damián tenía unas grietas considerables en las paredes y en el techo. En realidad, la Iglesia estaba en ruinas, y en ella pendía sobre el altar, colgado, un estupendo crucifijo de madera de estilo bizantino.
Un día, observando el crucifijo, tuvo la impresión de que movía los labios, y oyó una voz que le decía: “Francisco, repara mi casa que, como ves, está completamente en ruinas”.
Aquellas palabras estuvieron presentes en la vida de San Francisco desde entonces como unas palabras mágicas que le llevaban a reparar no sólo la Iglesia de San Damián, sino la Iglesia de Jesús extendida hasta los confines del mundo.
¡Siente estas palabras en tu vida y como cristiano recuerda que Jesús te llama a reparar su Iglesia!
La esencia de la vida consiste en mirar las mismas cosas de maneras diferentes y contemplarlas desde posiciones diversas. El águila divisa la tierra desde el espléndido cielo, mientras la serpiente serpea la tierra sin mirar mucho hacia el horizonte.
Sube a una montaña y contempla la grandeza de la naturaleza, y allí verás que tu mirada es pequeña y, en ocasiones, andariega.
Súbete a la montaña y reza el salmo 8: “¡Señor, dueño nuestro, qué admirable eres tú en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad por encima del cielo con la boca de un niño de pecho... Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que te ocupes de él?....¡Señor, dueño nuestro, qué admirable eres tú en toda la tierra!
Una mujer se quejaba abiertamente de su enfermedad y se preguntaba inquieta por qué Dios la había castigado con aquella enfermedad. Repasaba continuamente su vida y le parecía que era injusto tener aquella compañera de camino que la torturaba y la limitaba en sus posibilidades.
Un cristiano la visitó y cuando la mujer comenzó con aquellas argumentaciones le sugirió: “Señora, la enfermedad no es un castigo de Dios, sino una oportunidad para que usted se purifique desde la debilidad y la humildad. Jesucristo no tenía pecado y sin embargo pasó por una muerte cruel, y todo ello para que tengamos vida en abundancia. Usted no crea que su enfermedad es el efecto de algo malo que ha cometido en su vida, sino más bien para que se manifieste la gloria de Dios y desde su pequeñez pida protección a Dios”.
Aquella mujer comprendió en ese momento que su alma engrandecía a Dios y serenó su espíritu con aquellas palabras de fuego.
Dejadme soñar despierto un mundo nuevo donde brille la justicia y la paz, y no me pidáis que me instale completamente en este mundo tan poco dado a querer y a suspirar.
Dejadme creer en la misericordia de un Dios que mirará compasivamente el alma de los débiles y los marginados, sin que al menos deje de recorrer de parte a parte para buscar algún humano que deje su egoísmo por unas alas de caridad.
Dejadme divisar en lo más hondo de mis aposentos una pizca de divinidad que grite desde la noche al día los gritos de los más nobles hijos de la humanidad que dijeron no a la violencia y gestaron, casi sin notarse, un mundo más humano y más justo,
¡Por favor, dejadme una herida abierta y no os dejéis instalar definitivamente en esta realidad tan vieja y tan caduca!
La mediocridad se instala en ocasiones en el alma de los humanos y difícilmente arrancamos el vuelo hacia la perfección, verdadera meta de nuestra existencia.
La mediocridad no sólo nos deja pasivos en nuestra pobreza sino que deja a nuestras cualidades atrofiadas y calladas, seguros en nuestra ignorancia y satisfechos en nuestros arpegios.
¡Cuántas veces la mediocridad nos hiela sin remedio y nos sumerge en las más diminutas metas, que no son más que nuestra familia de sangre y el apego a nuestras pequeñas cosas!
¡Cuántas veces la mediocridad nos divide por dentro y nos ciega en nuestra comodidad y pereza, sin oír en el más profundo centro aquellas palabras de Cristo que llevaron a hombres y mujeres a romper con ella y lanzarlos a metas imperecederas: ”Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48).
128.- Gracias, Señor, por el bolígrafo.
Gracias, Señor, por el bolígrafo que pone figura a los sentimientos y pensamientos del hombre y deja enmudecido al vacío.
Gracias, Señor, por el bolígrafo, ese compañero diminuto en el bolsillo de la camisa pero que sin él un momento de inspiración o el miedo al olvido serían terribles.
Gracias, Señor, por este invento que con un poco de tinta y con la suavidad del viento hace que nuestros pensamientos no se ahoguen en nuestro interior y nuestros sentimientos plasmen casi sin notarse la grandeza de un poema o la grandeza de unas palabras de fuego.
Gracias, Señor, por el bolígrafo que hace comprender a los humanos que somos diferentes del resto de los animales, precisamente por ser gestadores de cultura, creadores de la escritura.
Ingmar Bergman ha sido probablemente uno de los directores de cine más importantes de todos los tiempos. Sus películas se cuentan entre las mejores del mundo del cine. Él comentaba a menudo que “mis temas son siempre Dios y la soledad. Busco a Dios constantemente, rabiosamente, porque sin Dios la vida no tiene sentido y desemboca en la más espantosa soledad”.
¡Qué bien sabía Ingmar que negar a Dios de la existencia humana lo único que acarrea en el hombre es sumergirlo en el sin-sentido y que la soledad sea probablemente el mayor de los problemas existenciales y el mayor temor para el hombre postmoderno!
Comprende que una de las causas que lleva al hombre a entrar en la esfera religiosa es la búsqueda de sentido a su vida de manera global y buscar en el Eternamente Otro la alternativa que lo saque de su soledad y lo integre en el trato íntimo de amistad con Dios.
Dominique Lapierre escribe en su libro “Más grandes que el amor” una maravillosa experiencia de las hermanas de Madre Teresa de Calcuta, que atendían a enfermos de Sida en Nueva York.
Una mañana, en la capilla, una de las monjas se echó a llorar durante la oración: “No puedo más. No se nos pide que cuidemos a leprosos ni a moribundos, sino a verdaderos monstruos. Parias malditos de Dios, castigados por sus pecados. Amarlos y respetarlos es superior a mis fuerzas”.
Sor Paula la abrazó, le enjugó las lágrimas y trató de calmarla: “Precisamente porque Dios les ha castigado, nosotras debemos ofrecerle sus sufrimientos y los nuestros”.
Entonces intervino Sor Ananda: “Estos hombres no son unos monstruos ni pecadores. No son más que víctimas. Yo viví la esclavitud de algunos de ellos, yo conocí su degradación física y moral. Yo fui insultada como lo han sido muchos de ellos. No, hermana, su enfermedad no es un castigo sino la prueba de que Dios les ama, como me amó a mí, como te ama también a ti, en tu aflicción”.