LUCES EN LA NOCHE.  

151.- Tantos años contigo... y no se nada de ti.

                Tantos años comprometido con tu causa y qué poco sabemos de Ti. Cuando parece que todo es desvelado y reconocido, surge un aroma de silencio que rompe como la noche la claridad de los rayos de sol. Tú estás ahí, casi sin notarse, manifestándote en los caminos menos ciertos y más vírgenes.

                Tantos años anunciando tu evangelio y nos dejas el cansancio más veloz cuando a la hora que menos esperamos se nos hace nuevo e irreconocible, como a los discípulos en el camino de Emaús.

                Tantos años desvelando incógnitas y silencios, y Tú jugando con nosotros al escondite con la sóla certeza de que reconozcamos que lo importante es confiar, creer, y haga resonar en nuestros corazones la sentencia que conmovió la mañana de Pascua: “Dichosos los que crean sin ver” (Jn 20,29ª).

 

152.- La rebeldía contra Dios.

                Gustaba repetir a Wiesel, uno de los supervivientes del holocausto judío, premio nobel de la paz: “No puedo concebir mi vida sin Dios. Mi relación con Él va desde la confianza más auténtica a la rebeldía más manifiesta. Entiendo la vida contra Dios pero nunca sin Dios”. Wiesel comprendía que su vida sin Dios estaba llamada a la nada y al sin sentido más cruel, al tiempo que se apaga el calor de su rebeldía más certera en ese Dios de sus padres, cada día más vivo y más unido al sufrimiento.

                Bien sabemos que el creyente de hoy desea conocer qué respaldo bíblico y teológico puede tener su propia queja ante el sufrimiento del inocente y su rebeldía dentro del proyecto de la salvación, al tiempo que le preocupa cómo enraizar su propia queja en el meollo de nuestra conflictiva existencia abierta a la fe.

                No abandones la confianza en Dios si te preocupa el sufrimiento del inocente. Desde Él encontrarás una respuesta profunda al dolor tan cercano en el hombre y mirarlo con fe puede ser la única respuesta que no nos haga anclarnos en nuestra angustia.

 

153.- No eres una moneda para agradar a todo el mundo.        

                En cierta ocasión un joven se acercó a un hombre que tenía muchos problemas con los demás y le preguntó con cierta curiosidad porqué no le preocupaba los comentarios de la gente y porqué era tan independiente del juicio de los otros.

                El hombre le sugirió que él no era una moneda para agradar a todo el mundo y que siempre hiciera lo que hiciera estaría sometido al juicio "in misericorde" de los demás, hecho que en realidad poco le preocupaba. Él quería actuar en conciencia y jamás sentirse defraudado por su propia incoherencia.

                Y aquel hombre recordó al joven unas palabras del evangelio: "¡Ay cuando todos los hombres hablan bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas" (Lc 6,26).

                Y en ese mismo momento supo ese joven que el alma de ese hombre era grande y que hombres y mujeres como él hacen caminar a la historia por la senda del bien y por el camino del sueño.

 

154.- El crisol de una crisis.

                El ser humano pasa por grandes crisis existenciales que en momentos le hacen hasta llorar pero que son necesarias para que pueda crecer en el conocimiento, la sabiduría y la realización personal.

                Muchos hombres y mujeres cayeron en la desesperación y en el vacío porque no asumieron que la crisis es necesaria y  posible en su camino virgen.

                Cuando la crisis nos hace tambalearnos recuerda que sin ella el crecimiento sería nulo y los sentimientos escasos, pero no olvides que "en tiempos de crisis no cambies" y que después de la tormenta viene la calma.

                Las crisis purifican nuestros ideales, afianzan nuestras motivaciones y destruyen falsos ídolos, pero en el fondo sin ellas la vida no sería nada más que un "pasar años" y vegetar sin remedio.

                Muchos hombres y mujeres buscaron un sentido global a su vida después de una gran crisis existencial y fueron grandes en su pequeñez, los mejores hijos e hijas de una generación que dieron esperanzas para seguir caminando a otros que no encontraron nada más que suspiros y lamentos en sus pasos.   

 

155.- La autoridad como servicio.

                Jesús de Nazaret nos recuerda a menudo que la vida es un don que ha sido entregado para ser ofrecido y que la vida no merece vivirse si no es desde el servicio.

 En cierta ocasión, cuando los hijos del Zebedeo le pidieron  sentarse en su gloria uno a su derecha y el otro a su izquierda, los demás se indignaron contra los hermanos, pero en el fondo todos los discípulos tenían aire de grandeza y deseos de dominio, y Jesús les dijo unas palabras mágicas, que han sido el palpitar y el fundamento de millones de hombres y mujeres cristianos durante siglos: "Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que  quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc 1, 42-45).                Estas palabras han marcado el sentido último de la autoridad en la Iglesia y deben ser para ti unas palabras determinantes que te harán descubrir si vas por el buen camino o debes de cambiar tu ruta casi 180 grados.

 

156.- Bajo el peso de la cruz.

                La cruz es una compañera de camino y cada uno debemos abrazarnos a ella para que nuestra vida alcance sin remediarlo la salvación de Cristo.

                Nadie que viene a este mundo se priva de ella y si alguna vez reniegas de su presencia en tu vida no lo hagas creyendo que tu cruz es la más dura que existe, porque grandes cruces hay y son llevadas por corazones grandes.

                Si has tenido la tentación de suponer que te unirás a Cristo desde el éxito y el triunfo no te engañes. Él entrará en tu vida desde la fatiga y te unirás a Él desde las lágrimas y el lamento. La cruz no hay que buscarla ni desearla, pero ten a ciencia cierta que vendrá y que en el peregrinar de tu vida la hallarás de muchas formas y variedades.

                Días tendrás que lamentarás haber nacido pero cuando descubras que el mundo es un valle de lágrimas y que el dolor se deposita en tu alma, recuerda que tus sufrimientos están unidos existencialmente a Jesucristo crucificado y que en tu cruz ha florecido el "Cristo del madero".

          

157.- Almas de oro.

Decía San Juan Crisóstomo que “Dios no tiene necesidad de oro, sino de almas de oro”. Almas de oro que sientan en sus fatigas el cansancio de una humanidad sufriente y dolida. Almas de oro que cabalguen por la senda del servicio y los caminos del bien, que sepan amar con intensidad a los otros.

Almas de oro que penetren en las entretelas de la historia y hagan estallar a pedazos el mal que se esconde en sus adentros. Hombres y mujeres que paralicen sin miedo el vendaval del egoísmo y sean capaces de purificar los cimientos de este mundo tan poco dado a querer.

Almas de oro que nos recuerden que "Hay hombres que luchan un día, y son muy buenos. Hay otros que  luchan un año, y son mejores. Pero hay otros que luchan toda la vida. Esos son los imprescindibles” (B. Brecht).                Almas de oro que hagan dormir la injusticia y repartan amistad sin remedio.

 ¡Sí, "Dios no tiene necesidad de oro, sino almas de oro"!

 

158.- ¡Cuba, ábrete al mundo!

                Juan Pablo II en su viaje a Cuba repetía continuamente, como un maravilloso estribillo lleno de fuerza y convencimiento: ¡Cuba, ábrete al mundo! Y esta frase lapidaria debe de ser el grito desgarrador que se oiga en todas las ventanas y terrazas de la Iglesia: ¡Pueblo Santo de Dios, Iglesia, ábrete al mundo!

                Iglesia no cierres tus entrañas de misericordia a esta humanidad que ansía la compasión divina sin pedirla a voces pero con el corazón sediento. No olvides la razón última de tus fatigas y tu credo, de tus celebraciones y tus monumentos, de tus reuniones y tus palabras, que no son otra que salvar al hombre y llevarlo al corazón de Jesucristo, muerto y resucitado.

                Iglesia no añores tiempos pasados de alianzas con el poder y con la sociedad más reacia, mira al futuro y encuentra en cada hombre y mujer un motivo para rezar e interceder al Espíritu por sus preocupaciones y sus alegrías.

                Iglesia no condenes desde la incomprensión y el despotismo la vida de millones y millones de seres que suspiran un beso, reclaman una oración y desean que tú seas "un recinto de amor y de misericordia" para tantos que la sociedad los arrincona y los amenaza en la cuneta.

 

159.- Tenéis mi presencia por los suelos.

                Cuentan que un religioso estaba en profunda oración en una capilla pequeña y muy acogedora. De pronto sintió que el Cristo del crucifijo se proyectó en el suelo con una luminosidad especial y oyó en su interior una voz que le decía: "Tenéis mi presencia por los suelos".

                ¡Qué poco testimonio damos de Jesucristo y su evangelio en esta vida nuestra y qué lejos quedan nuestras palabras y obras de ese vendaval espiritual que debería salvar al hombre cuando en el fondo los deja estupefactos en su escándalo!

                ¡Qué poco entusiasmo provocamos a nuestro alrededor cuando la fe en Jesucristo no es en nosotros nada más que un suspiro, una creencia que no nos compromete y no nos lanza hacia metas más auténticas y certeras!

                ¡Qué vacía se queda nuestra vida cristiana cuando nuestras cuerdas vitales quedan lejos del evangelio y no nos creemos del todo la confianza del Eterno!

 

160.- Morir.

Martín Descalzo fue uno de los periodistas y escritores católicos más importantes de España, y sus obras fueron galardonadas y premiadas, pero sobre todo el proceso de su enfermedad y su aceptación fueron admirados por millones de personas. Él decía que “Morir es sólo morir. Morir se acaba. Morir es una hoguera fugitiva. Es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba”.

¡Qué bien supo expresar Martín Descalzo que para el cristiano la muerte no es la palabra última de la existencia humana y que la muerte es la puerta que nos acerca a lo que tanto buscamos y anhelamos, el encuentro con el Eterno!

La muerte nos acerca a las personas a nuestro interior más que la presencia física y nos despierta del sueño de lo inmediato y sensorial. La muerte es el combate más pálido de la existencia humana pero que nos da la oportunidad de sumergirnos en el secreto de los muertos de ayer, testigos predilectos de la fugacidad de la vida y del tiempo.

La muerte es el palpitar silencioso que nos hace estallar en lo cotidiano y nos acerca sin notarse a la más clara memoria: ser hijos de la tierra y peregrinos hacia el cielo.

 

Página principal de Luces en la Noche.