LUCES EN LA NOCHE.  

161.- Danos locos, Señor.

 Danos locos, Señor, danos locos, hombres y mujeres que sueñen sin desanimarse que este mundo es posible de otro modo y que el cambio es posible para que este mundo sea cimentado en el amor y la solidaridad.

                Danos locos, Señor, personas que sepan que el tiempo y el espacio no son motivos suficientes para recordarle al hombre de siempre que no hay mejor oficio que enseñar al hombre a ser humano y no anclarse en la "ley de la jungla".

                Danos locos, Señor, personas que "no cambien un amigo por dinero ni a su hermano querido por oro de Ofir" (Eclo 7,18). Hombres y mujeres que sean "consecuentes en su pensar y coherentes en sus palabras; que sean rápidos para escuchar y calmosos para responder” (Eclo 5,10-11).

                Danos locos, Señor, que sean capaces de "vivir con los hombres como si Tú les miraras, y que hablen contigo como si los hombres los oyeran" (Séneca).

                Señor, Danos locos, Señor, que se comprometan a fondo con la vida y sean capaces de verte aún en la niebla.

 

162.- El don de amar y ser amado.

                 En una reunión de catequesis un grupo de jóvenes reflexionaba vivamente cuál era el don más valioso que tenía el hombre que lo distinguía del resto de los animales. Un joven afirmó que la distinción radicaba en que el hombre es un animal "gestador de cultura". Una joven comentó que la distinción recaía en su capacidad de pensar. Otro joven dijo que el hombre se diferenciaba de los demás animales por su capacidad de aprendizaje y gestador de situaciones nuevas que van más allá de su registro genético. Pero otro joven, quizá el más tímido y más callado, que en todas las reuniones se sentaba casi escondido, sentenció que la distinción estaba, según él, en que el hombre es el animal que ha recibido "el don de amar y ser amado".

                ¡Qué bellamente expresó aquel joven, seguramente deseoso y necesitado de amor, que la diferencia más radical estaba en la capacidad del hombre para amar y ser amado!

                ¡Qué sabiamente intuyó aquel joven que sin el amor el hombre se acerca más al lado salvaje y lo aparta de los sueños más fuertes de los hijos más buenos de la humanidad, siempre preocupados por alcanzar las cotas más grandes del amor!

¡Qué bien supo expresar Madre Teresa de Calcuta que “el mayor pecado es la ausencia de amor y de caridad, la terrible indiferencia con el prójimo que, al borde del camino, está expuesto a la explotación, a la corrupción, a la indigencia y a la enfermedad”!

 

163.- Muchos son los que sueñan.

                 Martín  Lutero King fue uno de los líderes negros más importantes de los Estados Unidos y un cristiano comprometido con la no violencia, y él creía en el futuro, porque era un hombre con esperanza. Esperaba que la situación de los negros cambiaría en la sociedad norteamericana y que habría sitio para todos, blancos y negros, todos hijos del mismo Dios. Él gustaba repetir continuamente que  "cuando uno sueña, es sólo un sueño. Cuando son muchos los que sueñan, es el comienzo de la realidad”.

                ¡No te ancles en el pragmatismo inerte que deja mullidos los sentimientos y los sueños en ara de la igualdad y la solidaridad!

                ¡No te niegues a soñar un "cielo nuevo y una tierra nueva" que haga estallar en mil pedazos el veneno de la serpiente maligna que socava los cimientos de la dignidad humana y siembra semillas de la injusticia y la guerra!

                ¡No te cierres al palpitar herido del sueño, que aunque lo creas imposible la andadura humana ha visto caer grandes montañas aunque al principio solamente un hombre o una mujer empezaron a cavar, los consideraron unos locos, y hoy son realidades maravillosas en beneficio del "progreso de los pueblos"!

 

164.- Un discurso poco convencional.

                 El Cardenal Vicente Enrique y  Tarancón pronunció una homilía maravillosa en la misa del Espíritu Santo celebrada en la Iglesia parroquial de San Jerónimo el Real, en la mañana del 27 de noviembre de l975, con motivo de la exaltación del Rey don Juan Carlos I al trono de España: "la Iglesia sí debe proyectar la palabra de Dios sobre la sociedad, especialmente cuando se trata de promover los derechos humanos, fortalecer las libertades justas o ayudar a promover las causas de la paz y de la justicia con medios siempre conformes al Evangelio. La Iglesia nunca determinará qué autoridades deben gobernarnos, pero sí exigirá a todas que estén al servicio de la comunidad entera; que respeten sin discriminaciones ni privilegios los derechos de la persona; que protejan y promuevan el ejercicio de la adecuada libertad de todos y la necesaria participación común en los problemas comunes y en las decisiones de gobierno; que tengan la justicia como meta y como norma y que caminen decididamente hacia una equitativa distribución de los bienes de la tierra... "

                ¡Magnífica exhortación del Cardenal Vicente Enrique y Tarancón  en ese día histórico en nuestro país al expresar con una contundencia fuerte qué le pide la Iglesia a las instituciones y qué lugar ocupa la Iglesia en la sociedad civil, sin injerencias en competencias que no le corresponden pero con unas palabras que decir en las decisiones políticas y sociales!

 

165.-Os devuelvo lo que os pertenece.

                 Y dijo el profeta a los soberbios: "Vosotros sois los extraños del amor, aquellos forasteros que han ahogado su centro en el orgullo y el amor propio desmedido. Sois los humanos que miráis al espejo día y noche para buscar una cualidad en vuestra vida que os haga arrogantes y no sois capaces de mirar al otro con ojos de misericordia y compasión.          

                Vosotros sois la demostración más viva de que el orgulloso jamás persevera en el amor maduro y auténtico, y solamente anidáis en vuestros adentros las armas de la ira y del enojo.

                ¡Ay, vosotros, que estáis tan lejos de la humildad más manifiesta y os ahoga vuestro propio ego con unas cuerdas invisibles y fuertes, pero llegará el día en que todo quede descubierto y os venza el amor  y la misericordia!

                ¡Ay, vosotros, que seréis vencidos y entonces el aroma de la risa se anclará en el corazón de todos los hombres y vendrá a posarse la paloma de la paz con una corona de victoria!

 

166.- Unos hijos especiales.

                 Una pareja muy ilusionada se casó por la Iglesia y tuvieron un hijo que vino con problemas. Al principio se rebelaron contra Dios y renegaron de la vida. No entraba en su proyecto de vida esta realidad cruda y dura. "¿Qué hemos hecho para merecer esto?" se repetían continuamente entre lágrimas y suspiros.

                Aquel niño tenía el Síndrome de Down, es decir poseía una anormalidad cromosómica y tenía 47 cromosomas en vez de los 46 normales. Uno de los cromosomas pequeños del grupo G estaba presente por triplicado, en vez de duplicado, lo que los expertos llaman trisomía del par 21.

                Aquellos padres empezaron a informarse de esta enfermedad y descubrieron que este síndrome es muy frecuente, una incidencia de cerca del 1 por cada 700 recién nacidos. Comenzaron a reunirse con otros matrimonios que tenían el mismo problema y descubrieron que su rechazo despiadado del principio se iba convirtiendo progresivamente en una aceptación considerable.

                En una reunión de matrimonios que tenían hijos con Síndrome de Down una madre comentó: "Al principio fue muy duro aceptar la realidad. Nos rebelábamos contra todo e incluso no acéptabamos a nuestro hijo ni le dábamos todo el amor que se merecía. Descubrí que un hijo normal se educa para que se vaya algún día de casa pero éste tenía que ser educado para quedarse con nosotros siempre, y su cariño no lo cambio ya por nada del mundo".

 

167.- Ser santos.

                 ¡Qué difícil resulta reconocer en nuestro camino que nuestros pasos son diminutos y nuestro peregrinar desconcertado!

                La vida no siempre alcanza las metas esperadas y el aroma del pecado se deposita en nuestra alma como si esperara de inmediato alejar al ser humano de la ruta determinada.

                Ser santos es lo importante que lleva al ser humano más allá incluso de la meta moral que consiste en construir un "hombre auténtico y realizado". Los santos palpan de vez en cuando la perfección suprema de Dios y nos recuerdan a los humanos que el mal puede ser vencido solamente con sacrificio, constancia y confianza.

                Ser santos es la grandeza del ser humano que reconoce que el evangelio solamente puede transformar las raíces de la sociedad y de la humanidad, anclados a menudo en la tierra de la propiedad privada, el lucro y el poder. ¡Sí, adquirir, poseer y lucrar son los derechos sagrados e inalienables del individuo en nuestra sociedad y los santos nos recuerdan que todo eso debe ser superado y triturado por el amor!

                Ya lo decía Madre Teresa de Calcuta que "la santidad consiste en hacer la voluntad de Dios con alegría... La fidelidad forja a los santos”.

                ¡En este día, por favor, recuerda que la santidad es solamente esto, hacer la voluntad de Dios con  alegría!

 

168.- Al que poco se le perdona, poco ama.

                  Jesús de Nazaret era un seductor y un profeta que no quería la muerte del pecador sino convierta y viva. No dejó a nadie indiferente y sus palabras tenían la fuerza del amor en sus adentros.

                En cierta ocasión, un fariseo lo invitó a comer en su casa y una mujer, conocida pecadora, se acercó, derramó perfume en sus pies y llorando se puso a besarlos. El profeta se escandalizaba de aquella reacción de Jesús que, quedándose quieto, dejaba que le tocara una mujer pecadora.

                Y Jesús le dijo al fariseo: "Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?" Simón contestó: "Supongo que aquel a quien le perdonó más"...  Y Jesús le dijo: "...sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama" (Lc 7, 36-50).

                ¡Qué grandeza tenía Jesús en su corazón que sabía mirar al ser humano más allá de sus actos y leía en lo más recóndito de sus sentimientos! ¡Qué liberación sentiría aquella mujer que alguien la miró con dignidad y la acercó a la misericordia de Dios!

                Si tu vida está llena de caídas y eres consciente de tus pecados, recuerda que "al  que poco se le perdona, poco ama"!

 

169.- El oficio de enseñar a ser hombre.

                 León Felipe es un poeta importante y muy comprometido con el hombre. Él gustaba repetir continuamente que “no hay otro oficio ni empleo que aquél que enseña al hombre a ser un hombre”.

                Subrayar que "todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos" (G.S. 12), consiste en afirmar que la dignidad del hombre debe ser el mayor valor que una sociedad debe de afirmar y subrayar con decisiones políticas válidas y eficaces.

                ¡Qué grandeza la de los educadores que han descubierto que el oficio más serio e importante del mundo es aquel que ayuda al ser humano a ser él mismo y a reconciliarse con la vida!

                ¡Qué maravilla la de los maestros que saben a ciencia cierta que el mayor don que existe en el mundo es aquel que enseña al hombre a ser un hombre, un "hombre auténtico y realizado", capaz de entresacar de la vida lo mejor y descubrir que la esencia de una vida entera es "amar al prójimo como a nosotros mismos"!

 

170.- Deja que la pluma suspire a lo vivo.

                 Dios nos libre de aquellas personas que no se compadecen de nadie y que no les importa el sufrimiento ajeno. Se repiten continuamente: “Yo tengo mis propios problemas. Allá cada uno con su vela”. Y esos son los que dan lástima.

                Tú no te ancles en tu noche y deja que la pluma, esa pluma interior que escribe en la conciencia, el sagrario interior del hombre, suspire a lo vivo.

                Los que no se compadecen de nadie en el fondo no aman a nadie y sólo buscan en el mundo alguna emoción que les haga olvidar su desnudez y su avaricia egoísta que les empobrece enormemente.

                Dios nos conceda en este día el don maravilloso de compadecernos hasta de las piedras y esta compasión nos llevará más allá de nuestro ego, haciendo nuestro el lema evangélico: “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas” (Mt 7,12).

 

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