LUCES EN LA NOCHE.  

171.- Signo de contradicción.

                “El Angel de la Iglesia de Laodicea escribía: Así habla el Amén, el testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios. Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca!” (Ap 3,14-16).

                ¡Ay, pobre de nosotros, que no somos ni frío ni calientes, que no escandalizamos por vivir el evangelio sino por no vivirlo ni comprometernos con él, que no somos signo de contradicción en este mundo tan poco dado a querer y poco dado a perdonar!

                ¡Ay, pobre de nosotros, que no movemos ni un dedo para avanzar el Reino de los Cielos ni nos preocupamos por llevar a otros a Cristo, el eternamente joven!

                ¡Ay, pobre de nosotros, que llevamos con poca dignidad el nombre de cristianos y no dejamos que otros se acerquen con humildad al recinto sagrado de Dios para encauzar su vida y sus sendas desde Él!

 

172.- Un sacerdote debe ser.

                En una pared de la casa de un sacerdote había un cuadro peculiar, sacado de un manuscrito medieval, de cómo debe ser un sacerdote: "a la vez muy grande y muy pequeño. De espíritu noble, y a la vez sencillo como el labriego. Héroe que ha triunfado de sí mismo, y hombre que luchó contra Dios. Fuente inagotable de santidad, y pecador a quien Dios perdonó. Señor de sus propios deseos, y servidor de los más débiles. Alguien que jamás se doblegó frente a los poderosos, y sólo se inclina ante los humildes. Dócil discípulo de su maestro, y caudillo de valerosos combatientes. Pordiosero de manos suplicantes, y mensajero que distribuye el oro a manos llenas. Animoso soldado en la batalla, y mano tierna para el enfermo. Anciano por la prudencia que pone en sus consejos, y niño que confía en los demás. Hecho para la alegría, y curtido por el sufrimiento. Ajeno a toda envidia, transparente en sus pensamientos, sincero en la palabra, amigo de la paz, enemigo de la pereza, seguro de sí mismo".

                Y mucha gente cristiana pide continuamente, día y noche, que Dios nos envíe buenos y santos sacerdotes.

 

 173.-Por sus ojos los llamo.

                El palpitar permanente de la fe consiste en confiar en Alguien, Aquel que nos ama más allá de nuestros miedos y recelos. Creer en la fidelidad de Dios es saber con "los ojos invisibles del corazón" que Dios se aprende nuestros ojos y por nuestros ojos nos llama.

                Cuando la fe alcanza a lo más recóndito del alma y encuentra razones suficientes para vivir con sentido la larga andadura existencial, las razones del corazón porque "el corazón tiene razones que la razón no conoce” (Blaise Pascal), entonces aparece en el horizonte la voluntad de dar y de darse, de compartir y de compartirse, de ayudar y de sacrificarse por los demás de una manera totalmente nueva y altruista, legendaria y divina.

                Cuando la vida encuentra los lazos invisibles de la seguridad interna que va más allá de lo aparente y recrudece la valentía del testimonio y la satisfacción fortalecida de sentirse amado en nuestro más íntimo aposento interior entonces arde sin consumirse la llama de los sueños, el suspiro de la fidelidad y la conciencia clara de que vivimos nuestro propio "Kairós", nuestro presente junto a Dios más certero y bello.

                Dios es la garantía de que nuestra realidad posee una meta y un sentido último en su larga espera, que nuestra existencia humana no es un absurdo manifiesto avocado a la nada y que la historia humana tiene una justicia plena más allá de sus páginas grises y demoledoras. ¡Sí, Dios se aprende nuestros ojos, y por nuestros ojos nos llama!

 

174.- De lo que tienes.

                Marco Aurelio nació en Roma el 20 de abril del año 121, y en el año 161 d.C.C. llegó a ser emperador romano. En su política interior defendió a las clases menos pudientes, para quienes fundó escuelas, orfanatos y hospitales, y alivió la carga de los impuestos. Fue filósofo estoico y su obra, "Pensamientos", es un compendio de doce libros en griego, en los que revela su creencia de que la vida moral basada en el saber, la justicia, la fortaleza y la moderación  conduce a la tranquilidad.

Marco Aurelio dijo que "de las cosas que tienes, escoge las mejores y después medita cuán apasionadamente las hubieras buscado si no las tuvieras”.

                ¡Cuántas veces nos rodeamos de cosas para sentirnos más seguros y en el fondo nos hacemos más esclavos de las cosas que poseemos. A decir verdad, más que tener cosas podemos decir que las cosas nos poseen a nosotros!

                ¡Cuántas veces las cosas nos anclan en la "cultura del tener" y nos hacen insolidarios con "la cultura del ser" y resuenan en nosotros aquellas palabras mágicas de Jesús atentando contra nuestros apegos: "Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero" (Lc 16,13)!

 

175.- Todo quiere ser amado.

                 Y dijo el profeta: "Todo quiere ser contemplado y admirado, saboreado y asimilado, amado y conquistado. Toda la realidad nace y es recreada continuamente para que el hombre aprenda a ser él mismo, y de esa manera descubrir que pertenece a una creación infinita, sabiamente armónica y rigurosamente silenciosa.

                La realidad que no es amada se mantiene callada para el hombre pero cuanto es deshojada y abrazada hasta los hechos más lamentables y terribles para el ser humano cobran un significado especial.

                Muchos momentos pasamos de largo por tanta belleza y majestuosidad como si no existiera ante nuestros ojos la naturaleza grandiosa que necesita ser contemplada para que nos seduzca desde dentro, y muchas veces somos insensibles a lo que nos rodea arrinconados en nuestro egoísmo y nuestro individualismo.

                Todo cuanto existe cobra vida cuando amamos sin desfallecer desde lo más diminuto hasta lo más grandioso.

                Muchos hombres y mujeres pasaron por la vida con la sola intención de violentar a los demás y de hacer daño a todo lo que les rodeaba y murieron tristes y sin emoción cuando el Eterno les exige la vida, pero otros amaron todo cuanto les rodeaba, desde la hormiga hasta sus semejantes, y en la hora de su partida sonrieron gustosamente porque eran devuelto a la armonía final con todo lo creado y al abrazo compasivo del Misterio".

 

176. - Los muertos resucitan.

                En una reunión de catequesis un joven expresó con intensidad su inquietud y su preocupación acerca de la resurrección de los muertos. Él no sabía a ciencia cierta si los muertos podían volver a vivir cuando en  el cementerio sólo quedaba silencio y huesos, y cómo resucitaban los muertos.

                Todos callaron de pronto porque aquella pregunta les preocupaba tanto o más que a su compañero y las miradas quedaron fijas en el catequista.

                El catequista, un tanto nervioso, se alegró que saliera este tema tan importante para la fe cristiana y para el hombre. Releyó despacio el capítulo 15 de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, y contestó a los chicos: "El ser humano siempre se ha resistido a admitir que la muerte es la experiencia última de la vida y que la muerte, la injusticia, el dolor y el sufrimiento venzan en el devenir histórico. Siempre ha anhelado el triunfo de Dios sobre estas realidades y que el triunfo vendría del mismo Dios. La resurrección es el sí  amoroso de Dios Padre a toda la obra y persona de Jesucristo, injustamente tratado y crucificado en la cruz.

                ¿Qué comparación haremos para comprender la resurrección de los muertos? ¡La que utiliza San Pablo! "Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o de alguna otra palabra. Y Dios le da un cuerpo a su voluntad; a cada semilla un cuerpo peculiar" (1 Cor 15,37-38).

                No sabemos cómo resucitarán los muertos pero lo seguro es que tu identidad personal será conservada y que Dios saldrá en busca de tu humanidad, purificada y redimida".

 

177.- La sonrisa.

                 Cierto día había una joven muy triste y angustiada. Todo le salía mal y estaba muy deprimidaTodos sus anhelos y sus deseos habían caído por los suelos y casi había olvidado la sonrisa. Sus penas se iban incrementando y era una joven triste, muy triste.

                Un día un amigo de la infancia la visitó y descubrió que su amiga había perdido la ilusión por vivir y estaba encadenada a las cadenas invisibles de la tristeza y del vacío. Este joven creía en un maravilloso proverbio escocés que decía "la sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz".

                Este joven la invitó a salir de casa y le contaba chistes, jugaba con ella y se la ingeniaba para sacarla de su dolor. Y aquella joven comenzó a sonreír, a mover los labios y a ilusionarse por la vida, comenzando por valorar lo pequeño y dando importancia a todo lo que le rodeaba.

                Y descubrió que su risa no era falsa ni fingida, sino que salía de su corazón, en otro tiempo anquilosado y viejo. No quería que su risa fuese sardónica ni hipócrita, sino alegre y aunque en ocasiones sonreía y no llegaba su alegría a tener la fuerza de la carcajada, sabía que había comprendido por medio de su amigo que la sonrisa es un arte y el aroma de la alegría interior, repleta del suspiro existencial de una vida con grandes metas.

 

178.- Tener memoria.          

Marco Tulio Cicerón fue un escritor, político y el orador más elocuente de Roma. Nació en Arpinum el año 106 a.C.C.  y murió ejecutado como enemigo del Estado, el 7 de diciembre del 43 a.C.C.

Cicerón decía que "el que sufre tiene memoria” y solamente este recuerdo nos hace permanecer vivos en armonía con toda la historia anterior y con el alma sufriente de los que nos rodean.

El olvido nos anquilosa en el egoísmo y nos hace incapaces de mirar al lado para compadecernos de los demás. 

Algunos hombres y mujeres creen que si no miramos alrededor y no observamos el dolor ajeno que seremos felices, pero esta postura es ilusoria y en el fondo antihumana, antihistórica y, sobre todo, anticristiana.

Tener memoria es sentir que estamos vivos y no somos personas ajenas al dinamismo histórico que nos lleva hacia adelante, pero siempre con grandes fatigas y con sufrimientos.

Tener memoria es subrayar en la vida humana que la solidaridad con los dolores ajenos solamente nos hace favorecer nuestra vena más auténtica y nos aleja continuamente del egoísmo, al que tanto nos acostumbramos.

Tener memoria es sufrir con el horror del sufrimiento y sufrir con el otro  es una conquista ya  ganada al olvido más despiadado y más brutal.

 

179.- Llama de amor viva.

                 La espiritualidad cristiana en el fondo es unirse íntimamente a Jesucristo y aquí radica la esencia misma de la fe. Lo que ocurre es que cada persona busca su camino virgen y moviliza sus pasos para que el encuentro sea de lo más profundo y más auténtico.

                ¿Has visto en alguna ocasión cómo se consumen unos leños en una chimenea?  Arden y arden silenciosamente, y la llama los recrea y los consume hasta convertirlos en ascuas para calentar e iluminar la noche.

                Pues eso mismo ocurre con el Espíritu Santo que habita en nuestro corazón y cuando le dejamos que actúe entonces su llama de amor viva arde sin consumirse nuestras pasiones y nuestro egoísmo hasta destruirlos en una conversión de amor.

                Muchos hombres y mujeres creyeron en Dios y gestaron desde su esperanza un mundo más acorde con el proyecto del creador. Ellos mismos se dejaron interpelar por la voz interior de su espiritualidad y llegaron a rozar la grandeza de la santidad y el gozo de la perfección.

                Y aquí estamos nosotros, pequeños seres humanos, llamados a dejarnos consumir por la llama de amor viva, y llamados a dejar que nuestra arpa toque la melodía de otras latidudes eternas.

 

180.- La cultura del tener.

                 Nuestra cultura ha entrado en la espiral demoníaca del tener, dejando arrinconado al ser. La cultura del tener genera un prototipo de hombre esquizofrénico y enfermizo, claramente dominado por el miedo y la competencia, la insolidaridad y el ocio, la creación de nuevas necesidades y la desastrosa ansiedad de la soledad por el temor a perder el status social y el conjunto de satisfacciones conseguidas.

                La cultura del tener es como un árbol enorme con grandes raíces que beben sin agotarse de las fuentes imperfectas del prestigio, el poder y la riqueza. Y todos nosotros, hombres y mujeres, niños y jóvenes, religiosos y ateos, ricos y pobres, sin distinción ni olvido comemos de sus frutos y nos balanceamos es sus ramas.

                Y bien que esta cultura, tan aparentemente risueña y tan alborotadamente satisfecha, deja en la cuneta a miles de personas, ¡qué miles, millones!, perdidos en sus frustraciones, ansiosos en sus combates y atrapados en sus redes, que reclaman un cambio de actitud y de cultura que valore más la solidaridad y la amistad, la hospitalidad y la austeridad, el abrazo y la compañía, la grandeza de la estima sin temor a ser rechazado y marginado.

                Esta cultura reclama una salvación desde dentro, aunque sin pretenderlo busca y busca un Alguien que dé sentido a sus esperanzas y reoriente un cambio hacia la humanidad manifiesta.

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