LUCES EN LA NOCHE.  

181.- La fidelidad.

 ¿Por qué solamente las infidelidades y los fallos son motivos de queja y comentarios sin que subrayemos al menos la cantidad de fidelidades y cumplimientos a la palabra dada de millones de personas en sus vocaciones correspondientes? ¿Por qué en los medios de comunicación lo normal no es noticia y la multitud de personas que ayudan a los demás no son merecedoras de un comentario siquiera?

Madre Teresa de Calcuta fue una monja católica de etnia albanesa, nacionalizada india posteriormente, considerada madre de los pobres de Calcuta y premio de la paz en el año 1979, decía a sus hermanas Misioneras de la Caridad, en el año 1969: “No os dejéis perturbar por habladurías. Oís hablar de sacerdotes y de religiosas que renuncian, de hogares destruidos. Pero no olvidéis que existen miles y miles de sacerdotes, de religiosas y de familias fieles. Esta prueba purificará a la Iglesia de las debilidades humanas, y saldrá de ella más hermosa y más auténtica”.

Y esta constante de fidelidad en sacerdotes, religiosos y matrimonios es lo que mantiene la bondad en el mundo y lanza a las generaciones venideras a saborear un mundo más auténtico y solidario, capaz de compadecerse del hombre y lanzarlo hacia el Misterio.

 

¡Bien sabía Madre Teresa de Calcuta que las crisis purifican a las instituciones de las debilidades humanas y llevan a las personas más allá de sí mismas!

 

182.- Nada está perdido.

                 Un misionero contó su maravillosa experiencia: “ Cuando tenía 15 años me separé de la Iglesia y andaba distraído. Mi madre, que era una mujer de fe profunda y gran observadora, callaba ante mi abandono repentino de la práctica cristiana. Yo andaba ocupado en otros menesteres y un día, buscando el momento y el lugar adecuado, me preguntó: “¿Hijo, amas a Dios? Aquella pregunta me dejó perplejo y no sabía qué contestar. Intenté darle respuestas evasivas y sin querer interiorizar mucho en mí. Quise expresarle que la práctica religiosa me decía bien poco. Ella repuso: “No te hablo de la práctica religiosa. Te pregunto si amas a Dios. Te recuerdo que si tú lo abandonas, El jamás lo hará y que Dios te ama por encima de todo. No lo olvides”. Mi madre se marchó y aquella pregunta no me dejaba tranquilo en ningún momento durante años.

                Al cabo de los varios años en un momento de profundización me pregunté algo realmente increible: Si Dios me ama, ¿qué podré hacer yo para corresponderle que le agradara de verdad? Y pensé que lo que realmente agradaba a Dios era entregar mi vida al servicio de los demás y hacerlo desde Él. Y a los 19 años ingresé en el Seminario.

                No estaba todo perdido para Dios ni para mi madre. Ella era una mujer grande de fe muy profunda.

Y esta pregunta se la hago yo a muchos jóvenes hoy al atardecer del Siglo XX que en medio de tantas cosas anhelan y buscan una entrega entusiasta que los saque de su egoísmo y los lance a caminos más auténticos.

 

183.-La dignidad de un pueblo.

                 Cuentan que un rey tenía una gran preocupación por la dignidad  de su pueblo. Llamó a los mejores y más instruidos sabios de su reino para consultarles y les preguntó sin titubeos: ¿qué hay que realizar para hacer progresar a un pueblo?

                Uno de los sabios contestó: “Majestad, haga grandes inversiones en industria y comercios, y su pueblo saldrá de la miseria y será un pueblo importante”.

                Otro de los sabios sugirió: ” Majestad, separe de los presupuestos anuales grandes sumas de dinero para la eduación técnica y profesional de los jóvenes y los niños. Verá cómo su reino alcanzará las más grandes cota de progreso”.

                Otro de los sabios le dijo: “ Majestad, cree centros de diversión y de ocio para los ciudadanos y será su pueblo un pueblo feliz”.

                Pero el otro de los sabios concluyó: “Majestad, lo que han dicho mis compañeros está muy bien para el progreso de los pueblos: las inversiones en industria, la educación técnica y profesional de los jóvenes, lugares de ocio  pero  no destruya del tejido social la justicia, la libertad y la fe, y su pueblo será grande en medio de los sufrimientos. Sólo así será el pueblo más envidiado de la tierra. Si defiende estos valores con todas sus fuerzas su pueblo será un pueblo feliz.

 

184.-Una Plegaria eucarística fantástica.

                 La Plegaria eucarística VI b, dedicada a Jesús, nuestro camino, es una plegaria fantástica y un reclamo para la unión plena con Jesucristo, nuestro hermano y salvador. Ella posee unas palabras de fuego que deberían ser escritas en nuestro corazón y depositadas en nuestros labios, al tiempo que deberían ser los mejores pensamientos que pudiéramos tener en nuestra vida: “Danos entrañas de misericorida ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado; ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido.

                Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”

                ¡Maravilloso párrafo que nos recuerda con cuánto afán tenemos que suspirar entrañas de misericordia ante toda miseria humana, y que tener el gesto y la palabra  oportuna serán el mejor reclamo para una vida llena del amor de Dios y atención al prójimo!

                ¡Dios mío. Que la Iglesia sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, justicia y de paz. Dios mío, que el Pueblo Santo de Dios sea el signo de que aún en el mundo queda esperanza!

 

185.- Una madre de armas tomar.

                 Una madre de 9 hijos velaba con ahínco para que ninguno de sus hijos se alejara de la fe. Trabajaba sin descanso para que su familia viviera lo mejor posible, pero a pesar de sus múltiples trabajos y anhelos jamás descuidaba su misa diaria y sus devociones, intentaba en todo lo posible atender a los pobres.

                Cierto día, el mayor de sus hijos se alejó de la práctica religiosa. La madre, buscando el momento más idóneo, habló sin preámbulos a su hijo: “¿Te vas a casar con tu novia?” El se sorprendió de aquella pregunta y contestó: “¿Tienes, madre, algo en contra suya? ¿No te parece buena chica para mí?” La madre respondió: “No, me parece una buena mujer, pero te pregunto si vas a casarte por la Iglesia o por lo civil?”

                El hijo, pensando que agradaría a su madre, contestó: “¡Claro, me casaré por la Iglesia!” Pero la madre repuso: “Si sigues alejándote de la Iglesia y no practicas tu fe yo no iré a tu boda. Si quieres hacer una farsa contrata un circo o un teatro, pero en la Iglesia no. Sería mejor que si no cambias de actitud y sigues alejado de la Iglesia te cases por lo civil, y no manches el nombre de Cristo y de la Iglesia".

                Y cuentan que su hijo no cambió, y la madre, a pesar de los reclamos del hijo y de la familia, no fue a la boda eclesiástica de su hijo, para recordarle que hacía mal y que ella no se prestaba al espectáculo.

 

186.- La misión del Espíritu Santo.

                La Delegación Diocesana de Misiones de Córdoba publica una revista titulada “Testigos de la Misión de Córdoba”. En el número 58 del mes de Octubre del año 1998 Antonio Evans, Delegado de Misiones, resume maravillosamente la misión del Espíritu Santo, alma de la Iglesia, en tres conceptos: ÉXTASIS, KÉNOSIS E ÍPAGO.

                El Espíritu Santo capacita para salir de sí mismo y nos ancla en la esfera del amor y en la vida de los otros, dejando atrás las “ollas” del egoísmo y la envidia, la comodidad y la pereza, la ira y la vanidad, etc.

                El Espíritu del Señor nos ancla en la cruz redentora de Jesucristo y nos enseña la sabiduría de la cruz. La renuncia a sí mismo para comprender y favorecer al otro, pidiendo a grandes voces que la vivencia del Eterno nos haga conmovernos y renunciar al hombre viejo.

                El Espíritu Santo nos atrae hacia los brazos del Padre y nos hace comprender el amor compasivo del Padre eterno. Él nos conduce hacia cotas eternas de perfección y de dominio interior.

                ¡Ah, qué bien supo Antonio Evans resumir la misión del Espíritu Santo en la vida de los hombres y de la Iglesia, verdadero protagonista de la evangelización y de la fe!

 

187.- Rodearse de gente inteligente.

                 Cierto día le pregunté a un amigo si podía enterarse de una noticia que me interesaba y mi amigo me respondió: “Sin saber nada creo que no. Conozco a ese hombre y todo aquel que le hace sombra simplemente lo ignora completamente”.

                Me dió lastima aquella observación de mi compañero y amigo que descubrió el temor de muchos hombres y mujeres que se defienden creando una muralla invisible a su alrededor para no sentirse juzgados, criticados ni examinados. Y en vez de aprender de lo bueno que hay a su alrededor simplemente lo ignoran y lo niegan como no existente. Y esta tentación es muy común en muchas personas.

                Y recordé unas palabras mágicas de  John Fitzgerald Kennedy, presidente de los Estados Unidos durante los años 1961 al 1963, el presidente más joven y el primero católico de la historia de su país, que fue asesinado el 22 de Noviembre del 1963 cuando viajaba en un autómovil descapotable por Dallas (Texas): “Un hombre inteligente es aquel que sabe ser tan inteligente como para contratar gente más inteligente que él”.

                Y supe, en ese instante, comprobado por la experiencia, que no siempre se da a nuestro alrededor y que preferimos rodearnos de gente menos inteligente que nosotros para sorprenderlos, provocarlos y que nos lancen grandes alabanzas desde su propia mediocridad.

 

188.- Con la cesta de compra.

                Edith Stein había perdido la fe de sus padres, que eran judíos, y era doctora en Filosofía, asistenta de su maestro, el filósofo Edmund Husserl. La conversión cristiana y católica le vino una noche de verano del año 1921 en la casa de sus amigos, el matrimonio formado por los filósofos Theodor y Hedwig Conrad-Martius, leyendo la Vida de Santa Teresa de Jesús.

                En el año 1916, todavía anclada en el ateísmo, le impresionó una experiencia que nunca pudo olvidar. Había ido de viaje con una amiga a Friburgo y “entramos un minuto en la catedral, y mientras estábamos allí en respetuoso silencio, llegó una mujer con su cesta de la compra y se arrodilló en un banco para hacer una breve oración. Esto era para mí algo totalmente nuevo. A las sinagogas y a las iglesias protestantes, que yo había visitado, se iba solamente para los oficios religiosos. Pero aquí alguien acudía en medio de sus ocupaciones diarias a una iglesia vacía, como para un diálogo confidencial. Esto no lo he podido olvidar nunca”, comentaba años más tarde la misma Edith.

                ¡Qué gran regalo de Dios que se va manifestando a nuestro alrededor de miles maneras para atraernos hacia sí aunque nuestra propia minusvalía espiritual no lo contemple ni lo comprenda!

                ¡Qué gran gozo la misericordia de Dios hacia la misma Edith Stein que la sacó de su ateísmo y la elevó a las más grandes cotas de perfección y santidad ¡

 

189.- El leño seco.

                Cierto día un leño seco, que estaba destinado para la chimenea de la casa de una familia, se quejó abiertamente de su brutal destino y decidió negarse a ser quemado y consumido. No quería terminar como todos los leños secos que había conocido. Él quería una muerte más digna y más condescendiente con su origen: él provenía del olivo más grande y más frondoso de toda la finca.

                Su rebeldía le hacía rebelarse contra todos los “ineptos” leños que aceptaban como un destino sellado durante millones de años por sus antecesores que deberían terminar en la hoguera para darle calor a los humanos.

                Se alejó de los suyos porque no comprendía aquella situación y decidió marcharse al bosque, independiente y libre, alejado de las ataduras sociales y de los condicionamientos de los suyos. Él quería vivir de toda manera y terminar sus años de una “manera más auténtica”, según él.

                Todos le repetían que no podía negarse a ese destino y que su mayor alegría tenía que ser quemado por el padre de todas las purificaciones, el fuego, y que si se negaba terminaría peor de lo que pensaba. Pero él se negaba a aceptar esta realidad. Se alejó al bosque para vivir libremente y en descampado, pero cuentan que allí sigue estéril y viejo, cansado y receloso, uraño y quejoso de su destino, y suspira una mano que le ayude a llevarlo a la consumación más autentíca y a la realización más plena.

 

  190.- Cualquiera es poderoso.

                 Fray Luis de León  nació en Belmonte, provincia de Cuenca, y era monje de la orden de los agustinos. Tradujo el Antiguo Testamento, así como textos clásicos griegos y romanos. Fue encarcelado por la Inquisición durante cuatro años por sus disputas teológicas con la Orden de predicadores, los dominicos.

Fray Luis de Léón comentaba  con una sabiduría propia de los grandes y la sencillez de los pequeños que  “para hacer mal cualquiera es poderoso”, y que nadie es pobre para este menester.

Fray Luis, que experimentó la humillación y el encarcelamiento, la persecución y la calumnia, jamás se quedó fuera de su propia responsabilidad y asumió que en él también había parte de mal que debía ser limado y destruido, romper el hombre viejo del pecado para entrar en la dinámica grandiosa del hombre nuevo de la gracia.

Nos quejamos de la injusticia de los demás pero no vemos las injusticias que ejecutamos en cada momento sin tener el menor reparo. Criticamos sin piedad el palpitar desgarrado de los demás pero no vislumbramos las veces necesarias el hondo mal que está en “nuestros pozos” y en nuestros “propios centros”.

Pero bien comprendió Fray Luis, como buen creyente, que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia y que la cruz de Cristo ha asumido todos los males del hombre para transformarlos en oblación agradable a Dios Padre.

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