LUCES EN LA NOCHE.
Pedro comentó en la cárcel poco antes de ser crucificado durante la persecución del emperador Nerón: "Yo vivía tranquilo con mi mujer y mis hijos en Cafarnaúm, dedicado a la pesca en el lago de Tiberíades. Mi tranquilidad quedó rota cuando apareció Jesús de Nazaret en la orilla del lago. Él compartió con nosotros sus inquietudes y sus sueños, sus esperanzas y anhelos, su amor por el Reino de Dios y su imagen apasionada del Padre.
Todo era tan esperanzador que mi corazón quedó caldeado desde ese momento. Y comenzamos a convivir con Él y anunciar por los caminos de Palestina la Buena Noticia del Reino. Pero en el momento más importante, cuando Jesús fue arrestado, todos le abandonamos y yo, que poco antes juré sin piedad que jamás le abandonaría, le negué profundamente en el patio de Caifás delante de unos simples criados.
Y lloré amargamente aquella negación, negación que me ha torturado toda mi vida y que ha sido rota por Jesús resucitado.
Y ahora, en la noche anterior a mi muerte, pido clemencia a Dios para unirme a su gloria y ruego a las autoridades que me sacrifiquen boca abajo. No soy digno de morir como el Maestro.
Y desde ahora, pido a todas las Iglesias que recen por mí y sean partícipes con su oración de mi sacrificio. Un hombre muere pero el Pueblo Santo de Dios jamás será destruido.
Y dijo el profeta: "El Exodo de las tribus de Israel de Egipto a la tierra de Canaán por mano de Moisés es el paradigma de toda la liberación humana.
Liberarse de las opresiones no es solamente un esfuerzo por luchar contra los tiranos y los verdugos de la sociedad sino la exigencia radical de luchar contra nosotros mismos, en ocasiones cargado nuestro corazón de envidia, ira, comodidad, lujuria, vanidad y soberbia.
De nada sirve que luchemos contra las esclavitudes exteriores y contra los males que nos rodean si no combatimos con una gran dosis de conversión, venido de lo alto, para ir limando las asperezas de nuestro interior.
Moisés luchó contra el Faraón y venció en el combate. Pero aquí estamos nosotros, suspirando un libertador, que nos haga salir de la noche y nos lance hacia las puertas de la liberación.
En el cuento de Blancanieves y los siete enanitos, la madrastra era presumida y creía en su orgullo que no había nadie en el mundo tan bella e inteligente como ella. Quedó herida en su ego cuando descubrió que había otra más atractiva y la envidia más atroz la poseyó. Y decidió acabar con Blancanieves.
Y esa mirada orgullosa y rabiosamente soberbia es, en el fondo, la que nos envuelve a todos, desde el más chico al más grande.
La exigencia evangélica a vivir la humildad brota en toda su extensión como una urgencia en el seguimiento del discípulo de Cristo. Y la humildad es vivir en verdad.
Para vivir en verdad es necesario la corrección fraterna. La apertura al otro lleva necesariamente grandes dosis de purificación y de revisión para así purificar nuestras actitudes y conductas, palabras y sentimientos, proyectos y omisiones.
Y qué difícil es abrirse a la corrección fraterna. Cuando alguien nos critica nuestra primera reacción, en la mayor parte de las veces, es el malestar hacia esa persona y nuestra reacción negativa la que prevalece, pero no olvidemos que sin esta corrección muchas dimensiones existenciales quedarán ocultas y seremos como la madastra repelente, ensimismada en su ego y engañándose a sí misma en su orgullo.
Nicodemo comentó a su amigo José de Arimatea: "Jamás sentí en mi vida tanto desconcierto que la noche en que me encontré cara a cara con Jesús. Sus ojos quedaron fijados en mi rostro pero sentía que aquellos ojos se clavaban en el corazón. Es difícil de explicar.
Y sus palabras me hacían descubrir mi ignorancia en medio de tanta sabiduría vana. Eran palabras que iban más allá de la ley moisaica y de la reglamentación del templo.
Y sentí que su llamamiento para "nacer de nuevo" me hacía sentirme un hombre viejo, anclado en el vacío y la legislación, la bondad aparente y el dualismo más incierto.
Jesús me hizo reconocer mi ignorancia y mi parálisis existencial. Y cuando me invitó a ponerme a tiro del Espíritu, solamante miré al cielo para encontrar una señal, una señal que me hiciera convencer a mi corazón que quedaba mucho camino por andar.
Desde entonces mi vida no está exenta de su presencia, que está más íntima que yo mismo.
En estos días proclaman sus amigos y discípulos que está vivo pero aún
antes de su muerte intuía que su vida entera estaba más allá de su realidad
corporal y que sus palabras provenían del más allá, allí donde tiene su
origen el viento.
Jesús de Nazaret creció en "sabiduría y en gracia". Y en este camino de crecimiento su madre le ayudó a decir padre y a emprender su verdadero proyecto de vida, en fidelidad al Reino de Dios y en una comprensión adecuada de su vida entera como un servicio a los demás.
Y María de Nazaret supo ayudar a su hijo a comprender la historia de Israel, comprendida como una historia desde Dios y un encuentro alegre con el mundo como un lugar salvífico.
María era una mujer que ayudó a su hijo a descubrir su identidad. Y en esta andadura, como todas las madres, había cosas que no comprendía y que "conservaba en su corazón".
Y ella comprendía que su hijo necesitaba encontrar su propio camino virgen y su propio proyecto de vida desde su libertad.
María enlaza su historia con las grandes páginas de la historia de Israel y las grandes heroinas de su pueblo, pero descubrió que la mejor fuerza de ellos recaía en su confianza y en su fe, en su fidelidad y en su
bondad. Y esto mismo transmitió a su hijo en su educación integral como persona humana.
Un profesor había quedado sorprendido del mal comportamiento de una alumna, tremendamente nerviosa y desobediente. Esta alumna estaba molestando a los demás y sacaba al profesor de sus casillas.
El profesor inquieto y nervioso se dirigió hacia aquella alumna y le gritó: "Tienes tres males: el primero, que has puesto un candado en tu cerebro para que no entre nada; el segundo, que tienes la vergüenza en los zapatos, y el tercero, la educación en el armario de tu casa".
Al final de la jornada, cuando aquel profesor cristiano meditó en su examen de conciencia todas las acciones, palabras, obras y omisiones reconoció que le había faltado la paciencia suficiente para comprender a esta alumna, la caridad necesaria para aceptarla en su rebeldía y la madurez adecuada para dominar la situación.
Y comprendió que necesitaba en su oración diaria rezar por los jóvenes, sobre todo por aquella chica, necesitada de consuelo y mucha caridad.
Desde aquel día, antes de ir a clase, rezaba a Dios por todos los jóvenes y le suplicaba con insistencia que le ayudara a ser un buen educador de los jóvenes.
Para comprender la vida toda de Jesús es necesario situarla en la dinámica del amor. El amor es el único camino que humaniza al hombre de ayer, hoy y mañana. Sin el amor jamás la historia saldrá de los escondrijos del egoísmo y la envidia, la violencia y la desolación.
El amor es "paciente, servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactansiosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta" (1 Cor 13, 4-7).
La cangrena de la maldad se deposita en el corazón del hombre y los alacranes de la angustia se esconden en el interior, pero el amor lo limpia y su luz invisible ilumina los secretos más ocultos.
El amor jamás encuentra su fundamento en la vida finita del hombre, porque su origen está más allá de lo inmanente y más íntimo que la empatía misma.
Y la expresión máxima del amor es el rostro de Dios mismo, que se abaja en su propia dignidad y grandeza para elevar al hombre hacia Él.
Esta Kénosis divina es la que enmarca toda la encarnación de Dios, asumiendo desde su propia inmutabilidad las categorías de espacio y tiempo en su más íntima dinámica.
Y toda Kénosis tiene dos direcciones: Uno que abaja al Dios vivo hacia el hombre asumiendo la pobreza y la debilidad de la finitud, y otro que hace elevar al hombre hacia la esfera de Dios como un gran camino de divinización.
Y en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, se dan estas dos direcciones fantásticas de la Kénosis divina.
En una reunión de catequesis un catequista preguntó qué rasgo de Jesús era el más admirado por los hombres y mujeres de hoy.
Un joven comentó que su acogida y cercanía con los pecadores y pobres de su tiempo era el rasgo que más admira el hombre actual.
Otro joven subrayó que su cualidad más auténtica era la de utilizar un lenguaje cotidiano y popular para expresar los grandes misterios del Reino de Dios.
Otro joven sugirió que lo más impresionante de Jesús fue la relación íntima con Dios Padre y su imagen de un Dios misericordioso y compasivo, tierno y cercano, que no desentonaba en la fiesta ni en la vida de la gente.
Una joven relató que lo más fantástico de Jesús era su equilibrio personal para no dejarse entuasiasmar por los elogios de los suyos y el desprecio de sus enemigos.
Pero otro joven comentó: lo que más admiro de Jesús fue su descarada libertad y este rasgo se concretó en su relación con sus amigos, autoridades religiosas y políticas, familia y tradiciones, etc. En definitiva, la libertad es la dimensión que más valoro y el que más admira el mundo de hoy.
Y todos llegaron a convencerse de la rica personalidad de Jesús y de su aportación benéfica para el mundo.
María de Nazaret comentó a Juan, el discípulo amado de Jesús, su magnífico testimonio: "No se puede expresar con palabras lo que aconteció en mi vida.
Desde pequeña fui educada en la fe de mis mayores. Sentí desde siempre que el Mesías, el Ungido de Dios, crecerá entre nuestras familias y que las promesas se cumplirán en la historia.
Pero jamás presentía que yo misma sería la elegida, la predilecta, la favorecida. Aquel día fué cubierta por una nube, por algo misterioso, por el Espíritu.
Pero fui preguntada, antes de nada, desde mi libertad, si yo quería ser madre, madre desde la virginidad, esposa desde la infertilidad...
Y nadie entendió aquella experiencia, ni siquiera José, que decidió repudiarme en secreto, temiendo que yo había tenido contacto con otro hombre.
Pero Dios, que cumplió su promesa, le hizo ver el misterio que sobrecogía a la humanidad, el impacto que transformó mi vida y la iniciativa que hizo estallar el mundo en mil añicos.
Y ahora, en este momento, convencida del triunfo pascual de Cristo, he sido llamada para dar apoyo y sustento de los discípulos "engrandeciendo mi alma al Señor".
La fe debe de armonizar todos los elementos en aras a un equilibrio. Y todas las direcciones convergen en el fondo para gestar un auténtico discípulo de Cristo.
El verdadero discípulo fundamenta su itinerario en la Palabra de Dios, leída e interpretada desde Cristo resucitado. Y "desconocer la Escritura es desconocer a Cristo".
El verdadero seguidor celebra gozosamente la fe con otros hermanos desde una "actitud activa, piadosa y consciente".
El verdadero discípulo de Cristo está convencido de que es imposible vivir su fe sin una referencia a la comunidad cristiana, verdadera garantía del proceso personal de fe.
El verdadero cristiano aúna su credo con la vida, convencido de que una fe que actúa por la caridad es lo único que salva al mundo y al hombre.
Todos estas vertientes anclan sus raíces en la Trinidad Santa y la iniciativa de Dios será lo mismo que legitime nuestra respuesta.