LUCES EN LA NOCHE.
Y dijo el profeta: No te ancles sin desmayo en el egoísmo que rompe los arpegios del amor. Pide a Dios que destruya la hipocresía que trepa como yedra por las paredes del corazón y los muros del mundo.
No te encierres a tu propia carne porque entonces la maldad devorará la inocencia y se anclarán en tu puerto los enemigos del bien.
Pide a gritos que el vendabal divino se acurruque en tu herida y, entonces, de inmediato, sentirás el aroma agradable de unos buenos sentimientos.
No huyas a la fuente donde brota la apariencia y el engaño. No vayas sin más a ese lugar, tan lejos de lo cotidiano pero tan cerca de lo íntimo, porque entonces se hospedará en tu alma el temblor y el pavor.
Pide en silencio que no aniden en tu interior la grama de la insolidaridad y el ogro que devore los sueños.
"Querida hija: Te escribo desde Jerusalén, esta gran ciudad santa de nuestro padre y gran rey David. Te extrañará esta corta pero emotiva carta, pero no puedo pasar un día más sin compartir contigo mis lágrimas de alegría intensa.
¡Estoy curada!. Léelo bien: ¡Estoy curada de mi penosa y dolorosa enfermedad!. ¡Sí, los flujos de sangre han cesado y me siento rejuvenecer por momentos!
Caminaba triste por los caminos, sangrando y manchando la ropa en cada momento. Ya casi había gastado toda mi hacienda, como muy bien sabes, en consultas a médicos y en tratamientos costosos, pero en vez de mejorar empeoraba y me sentía peor.
Y he aquí que caminaba por un camino polvoriento, cerca de la ciudad santa, y un griterío vociferaba ante la presencia de un profeta, un gran profeta, Jesús de Nazaret.
Y presentí en mi interior que si tocaba su manto, con solo tocar sus vestidos, podría quedar curada. Y, entonces, como algo misterioso que no puedo explicar bien ocurrió en mí. Sentí una energía fuerte, un calor inmenso en todo mi cuerpo.
En ese mismo momento Jesús preguntó quién lo había tocado. Los discípulos le decían que mucha gente le tocaba en esa multitud. Pero él sabía algo cierto que de toda la gente había alguien especial. Me miró y aquella mirada no la puedo olvidar mientras viva.
Cuando llegué a casa todo mi cuerpo quedó transformado y había dejado de sangrar completamente. Desde ahora toda mi vida está dedicada a dar gracias a Dios y buscar sin desmayo las huellas del Nazareno".
Un hombre de cuarenta años se había reencontrado consigo mismo al asumir una realidad que en toda su existencia y en relación con los otros había intentado ocultar.
Aceptar aquella dimensión existencial le había hecho sentirse mejor interiormente y había desvelado una incógnita en su relación con los más íntimos.
Durante años su relación con unos amigos había sido radical pero quedaba un velo sin romper. Él tenía que desvelar el secreto que le torturaba y temía que aquella verdad alejara a sus mejores amigos de él.
Y descubrió que la comunicación de su secreto y su realidad, en vez de encontrar en sus mejores amigos unos jueces inmisericordes, halló unos labios suplicantes, unos corazones comprensivos y unos brazos abiertos.
Y aquel hombre, sorprendido, bendijo aquella sintonía y aquella sinceridad que le hacía reencontrarse consigo mismo desde una empatía gigantesca.
Un matrimonio joven, creyentes y cristianos practicantes, conversaba con otros amigos acerca de la poca idoneidad y el poco testimonio cristiano de algunos hombres y mujeres de Iglesia.
Un miembro del grupo afirmó que aquellos escándalos y el poco testimonio eran situaciones de una bajeza humana y de una más que abundante mundanización de la Iglesia.
Pero aquel matrimonio repuso que no todo en la Iglesia debe ser valorado y contemplado desde unas dimensiones humanas y sociales. Que en la evangelización el verdadero protagonista es Dios. Dios se vale de las debilidades humanas y de personas mediocres para manifestar su gloria.
Y subrayaron con toda la fuerza posible que la debilidad humana, también las suyas, entran en el plan de Dios y si quisiera el Señor prescindir de los mediocres lo haría con la mayor facilidad del mundo.
Y al final de aquella conversación descubrieron todos que era necesario mirar a la Iglesia como una institución divina y humana al mismo tiempo.
En una ocasión un joven comentó desencantado: "Vivimos un momento realmente confuso. Antes yo bebía de la fuente y me alimentaba espiritualmente en el ámbito de la Iglesia. La Iglesia era un recinto donde el alma buscaba un sentido global último y unas palabras adecuadas para mi agitada existencia.
Y ahora, después de unas negativas circunstancias y al contacto con unas palabras de Iglesia concretos, esa fuente, de la que tanto bebí, está seca.
En este momento crítico he intentado volver a saborear aquellas experiencias diáfanas y vinculantes, ciertas y conmovedoras, pero me es imposible.
Estoy firmemente convencido en mi interior que rescatar el pasado es una evasión, un escape a tan dolorosa experiencia"
Años más tarde aquel joven superó aquella crisis espiritual y lo que realmente lo liberó fue volver hacia aquellas experiencias religiosas de antaño y a la memoria intensa de su historia concreta, en ocasiones entre la duda y la sospecha, pero siempre en el camino salvífico de la fe.
Una guía turística visitaba con un grupo de turistas una gran catedral gótica de CentroEuropa. Comentaba con pasión cada detalle de la misma e hizo un magnífico comentario: “El artista gótico buscaba la gloria de Dios y no solamente la alabanza de los hombres. Creía firmemente que la obra bien hecha es grata a Dios y se esmeraba no solamente en los lugares más visibles, sino especialmente en los rincones menos visibles y más recónditos”.
¡Qué gran don esta visión del trabajo bien hecho como una ofrenda agradable a Dios frente a una concepción de la chapuza y del trabajo con poca profesionalidad que se han impuesto por doquier en nuestra sociedad!
¡Qué estupendo si recuperáramos este amor hacia el trabajo perfeccionado y descubriéramos que con el trabajo estamos colaborando con el Dios Creador, comprendiendo al hombre como “co-creador” con Dios en la gestación del mundo cada vez en sintonía con el “cielo nuevo y la tierra nueva”!
El Papa Juan XXIII declaraba en la encíclica “Pacem in Terris” un alegato a favor de la mujer: “La mujer, cada vez más consciente de su dignidad humana, no tolera ser considerada como un instrumento, sino que exige que se le trate como persona, tanto en el hogar como en la vida pública”.
¡Magnífico reclamo del Papa bueno a favor de la mujer y la llamada urgente para tratar a la mujer como persona y no simplemente como un instrumento ni un objeto de placer!
¿Acaso al tratar a la mujer como persona no conlleva aceptar sus valores y cualidades, talentos y derechos, tan necesarios hoy para el crecimiento de una sociedad cada vez más justa y fraterna?
¿Acaso un mundo solidario no pasa necesariamente por valorar a la mujer en su justa medida, en igualdad con el hombre, sin revanchismos y desajustes históricos?
Sería bueno que le pidiéramos a Dios que nos conceda el don de valorar a la mujer y el juicio justo para llevarla hacia las cuotas más plenas de respeto y dignidad.
En un grupo de catequesis surgió una pregunta inquietante: ¿están justificadas las razones por las que la mujer queda excluida del sacerdocio en la Iglesia católica?
Un catequista afirmó que “la Iglesia, por fidelidad al Señor, no puede modificar la práctica observada sin interrupción desde los tiempos apostólicos de conferir exclusivamente a los hombres la ordenación sacerdotal” ( Inter Insignioris, aprobada por el Papa Pablo VI. 15-10-1975).
Otro catequista sugirió que el argumento teológico en que se apoya el sacerdocio ordenado masculino es debido al carácter representativo y simbólico del varón ministro en relación con Cristo. Además, el sacerdote actúa “in persona Christi capita” y esta función sólo puede ser asumida por un hombre, ya que Cristo fue y sigue siendo un hombre.
Una catequista declaraba que el hombre total, hombre y mujer, es el llamado a ser “verdadera imagen representativa de Cristo”, y que San Pablo decía que en el Nuevo Pueblo de Dios, entre los bautizados, “ya no hay distinción entre judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gál 3,27-28).
Y todos comprendieron que aquel tema debía de ser profundizado y meditado en el itinerario histórico de la Iglesia en este final del milenio.
Aquella tarde yo venía del campo y fui obligado a ayudar a un pobre hombre que caminaba hacia el patíbulo, portando un gran madero para ser elevado con unos gruesos clavos en el monte Calvario.
Aquel espectáculo era lamentable. Una multitud gritaba enfurecida la muerte del traidor y blasfemo, mientras otros, los menos, lloraban silenciosamente la muerte de aquel hombre, que algunos días antes había sido proclamado como Mesías a su entrada en Jerusalén.
Mientras yo, en un pequeño trayecto llevé su madero, Jesús iba sangrando y llorando, sentía rabia por el pacto sacrílego del Sanedrín con el poder civil romano.
Pero jamás sentí tanta paz y serenidad en mi alma que cuando Jesús gritó en la cruz un perdón para aquellos que le insultaban, calumniaban y crucificaban. Una petición de perdón que nos sobrecogió a todos los que estábamos allí.
Este gesto me ha perseguido durante toda mi vida y jamás pude olvidar el rostro, la sonrisa, la presencia y las palabras de aquel sorprendente hombre.
Ahora mis hijos Alejandro y Rufo pertenecen al grupo de sus seguidores y yo mismo estoy orgulloso de aquel encuentro.
Un joven preguntó a un sacerdote si los no cristianos se podían salvar y cómo había que entender la expresión: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”.
Y el sacerdote exclamó: “Querido amigo, la salvación es un don recibido por medio de Jesucristo, y se nos pide una adhesión firme y comprometida para asumir este plan, auténtico itinerario para la promoción humana e integral del propio hombre.
Y en esta salvación de Cristo toda la humanidad queda incorporada: los católicos, los cristianos ortodoxos y de la Reforma, los que adoran al único Dios y los que buscan a Dios con sincero corazón, e incluso aquellos que no conocen a Dios y viven con sinceridad y autenticidad.
Cada ser humano se salva según su propia conciencia y la presencia espiritual de Cristo está presente en toda cultura y persona.
Son muchos los que pueden ser llamados con todo derecho “cristianos anónimos” porque la semilla de Cristo está presente en ellos aún sin saberlo.