LUCES EN LA NOCHE.
Bartolomé de las Casas es uno de los hombres más importantes en la evangelización de América del Sur y su nombre está escrito en letras grandes por su defensa de los indios frente a los abusos de los colonizadores españoles.
Su labor liberadora y promotora a favor de los nativos de las nuevas tierras no estuvo exenta de dificultades, malentendidos y persecuciones, pero Bartolomé decía con entusiasmo: “Padre, yo probaré todos los caminos que pueda y haré todos los trabajos que se me ofrezcan para alcanzar al fin todo lo que he comenzado: defender a los indios sacándolos de la opresión que padecen. Espero que nuestro Señor me escuche. Y si no alcanzo este fin, habré hecho lo que debía como cristiano”.
¡Magnífico comentario de Bartolomé de las Casas que creía con todas sus fuerzas en la defensa del ser humano, sobre todo de los marginados y desheredados de la tierra, aún cuando las dificultades florecían por doquier y pedía al Señor que jamás entrara en él la desolación y la desesperanza!
¡Maravilloso ejemplo de Bartolomé que comprendía sin más que aquella ingente labor misionera en el fondo no era nada más y nada menos que lo que tenía que hacer, sin esperar agradecimiento y agradecimiento de los favores!
Recuerda que tú también estás llamado a promocionar al ser humano y que eso es “lo que tenías que hacer” sin esperar agradecimientos de los que te rodean.
En un grupo de catequesis un joven comentó su inquietud por las páginas tan tristes de la historia de la Iglesia y eso le hacía renegar con tristeza de sentirse miembro de la Iglesia.
Aquel comentario hizo que la reunión fuera encaminaba sin más hacia aquel tema que hizo al grupo ponerse en activo.
Un joven afirmaba que Jesucristo le atraía con entusiasmo pero no así la Iglesia, a la que miraba con recelo y con estupor.
Otro joven comentaba que no se sentía miembro de la Iglesia y que no podía entender que la historia de la Iglesia estuviera llena de tanta intolerancia, crímenes, marginaciones y privilegios.
Una joven subrayó que le parecía inverosímil y escandaloso que la Iglesia tuviera tanto lujo y bienes, repartidos en los templos y basílicas.
Entonces, el catequista intervino con vehemencia: “La Iglesia es santa y pecadora. Realmente la Iglesia como grupo humano tiene una larga historia llena de virtudes y almas grandes pero también tiene páginas tristes y oscuras, escandalosas y atroces. No por eso la crítica es necesaria y debe ser leída desde la llamada a la conversión que nos lanza el evangelio a todos.
Pero tampoco es de recibo que la Iglesia reniegue de su pasado sin más. Todo el patrimonio de la Iglesia es el fruto de su historia y no puede rechazarlo. Ahora bien, todo eso debe estar al servicio de los demás y que sea disfrutado por todos los que se acerquen a sus templos”.
Y todos admitieron que el tema tenía que ser revisado, comprendido, analizado por todos los miembros del grupo y que eso no les impidiera criticar lo negativo pero que no les haga alejarse de la Iglesia.
Un creyente cristiano de comunión diaria relataba a su amigo: “¿Qué está pasando en la Iglesia? Verdaderamente estoy aturdido porque la práctica de la eucaristía está bajo mínimos”.
Y aquel diagnóstico desesperanzador es muy común entre muchos creyentes que ven con sorpresa y estupor la escasa asistencia de los cristianos a la eucaristía: “¿Qué está ocurriendo en la transmisión evangelizadora de las generaciones más jóvenes que no vislumbran como esencial la celebración litúrgica de la fe?”.
Y su amigo le sugirió: “Vivimos realmente una nueva época evangelizadora de la Iglesia. Las grandes masas han abandonado la Iglesia y se nos pide volver a la concepción de la Iglesia como pequeñas comunidades cristianas como un signo de Cristo en medio del mundo. En esta concepción minoritaria de la Iglesia sobrevive también otra concepción más triunfalista y de cristiandad, e incluso la práctica de los sacramentos es abundante porque tiene un respaldo social.
Tenemos que huir de los triunfalismos eclesiales y asumir el triunfo de la cruz, pero te digo por convencimiento que hoy se experimenta una verdadera primavera en el camino de la historia cuando va a llegar al Tercer Milenio.
Un joven se sentía tremendamente conmovido por la muerte de un amigo en un accidente de tráfico. Y se tambaleó la fe en un Dios bueno y misericordioso. No comprendía que Dios permitiera el sufrimiento de los inocentes y el mal en el mundo.
Se dirigió a un sacerdote y le comunicó sus inquietudes. El sacerdote le escuchó en silencio y muy atentamente. Después le sugirió: “En verdad el sufrimiento y el mal son un misterio. No podemos saber por qué Dios permite el mal; un interrogante que será desvelado en su totalidad al final.
La respuesta cristiana al sufrimiento del inocente es la resurrección de los muertos. La Resurrección puede ser comprendida como un acto reivindicador de Dios que sale en defensa del hombre injustamente tratado por la vida, las circunstancias y los verdugos de turno. Dios hará justicia al final y el único enemigo aniquilado será la muerte.
Además en Jesucristo se vislumbra el drama del sufrimiento y del dolor, del misterio y de la muerte. En él se anticipa el triunfo de Dios frente al aparente triunfo de las fuerzas del mal (prolepsis).
La muerte no es la experiencia última de la existencia humana, y es en la pascua de Cristo donde nosotros somos injertados, tarde o temprano, desde el paso del sufrimiento. Tu amigo participará plenamente de Cristo aunque lo único que quede en tu recuerdo sea la ausencia atroz de su aliento y de sus pasos.
Un sacerdote había tenido serios problemas con un colectivo de su Parroquia hasta tal punto que había recibido amenazas, insultos y descalificaciones. Había sentido tentación de huir y de irse de aquella realidad conflictiva, que le hacía sentirse mal y sufrir tremendamente.
Aquel sacerdote meditó delante de un crucifijo y comprendió que no podía irse de aquella misión pastoral difícil que se le había encomendado. Lo contrario sería huir de la voluntad del Señor y atentaría contra la misma existencia de la Iglesia en aquel lugar.
Descubrió, además, que Jesús de Nazaret no huyó de sus horas más amargas ni se bajó de la cruz cuando fue asesinado por sus enemigos, sino que ofreció su vida “en rescate de muchos” y perdonando a sus verdugos. Vislumbró que Jesús en el huerto del Getsemaní suplicó al Padre que pasara aquel trago pero que no se hiciera su voluntad sino la del Padre.
Aquella meditación le serenó en el espíritu y al día siguiente asumió el conflicto como un medio de santificación y descubrió que la existencia era descubierta de manera diferente y que todas las realidades negativas son motivos de crecimiento interior y desapego de las ataduras terrenas.
Jesús de Nazaret era un seductor que atraía a la gente con su palabra, sus gestos, su vida, y, sobre todo, con su mirada.
Está convencido que “quien no comprende una mirada, tampoco comprenderá una larga explicación” (proverbio árabe).
¿Acaso crees que lo que transformó a la mujer adúltera fueron sus palabras? ¡No! Lo que verdaderamente la hizo liberarse y redimirse de su experiencia pasada fue la mirada cautivadora y compasiva de Jesús.
¿Acaso crees que lo que hizo volver al leproso fue el saboreo de las palabras de aquel hombre profeta que lo mandó a presentarse a los sacerdotes del templo y en el camino quedó curado? ¡No! Lo que verdaderamente le hizo salir en busca de Jesús fue su mirada limpia, que le hizo comprender que “cada día es el mejor del año” (Ralph W. Emerson).
Y aquí estamos nosotros, reclamando al menos una mirada trascendente que nos reconcilie con la vida y con los otros.
Una madre tenía 8 hijos a los que cuidaba con esmero y alentaba para que fueran buenos creyentes cristianos. Todos los días pedía insistentemente a Dios que ninguno de sus hijos se alejara del camino correcto y que ninguno abandonara la fe en la que ella había sido educada por sus mayores.
Preguntada un día si temía algo por sus hijos, ella repuso: “Temo por cada uno de ellos y pido a Dios que los proteja en su vida. Quiero a cada uno con pasión y he trabajado duramente para sacarlos adelante. Pero aseguro con la firmeza que da el corazón que antes prefiero verlos muertos que pierdan la fe”
Y con el coraje de los sentimientos y la confianza que da la creencia en Dios, aquella mujer alentaba con entusiasmo a que la fe fuera el gran tesoro que pudiera transmitir a sus hijos, confirmando con fuerza que su padre practicaba la religión en momentos de persecución y solamente la creencia en Dios lo pudo sacar hacia delante.
Aquella mujer era capaz de amar la vida pero no a cualquier precio.
En una reunión de grupo una mujer estaba muy aturdida. La causa era que había escuchado en televisión que Jesús no habría nacido el 25 de Diciembre ni se sabe exactamente el año que nació.
Aquel comentario llenó de desconcierto al grupo y todos miraron al catequista para encontrar en él unas palabras que iluminaran esta pregunta.
El catequista comentó: “No es nada esencial para la fe saber cuándo y en qué fecha exacta nació Jesús. Otra cosa muy distinta sería cuestionar la misma historicidad de Jesús de Nazaret, que sería lo grave y escandaloso.
Cuando se evangelizó el Imperio Romano todas las fiestas paganas se cristianizaron. El celebrar la Navidad el 25 de Diciembre tiene su origen en la gran fiesta del Sol invencible que se celebraba en Roma y en todo el Imperio Romano con enorme alegría popular. Los primeros cristianos cambiaron el sentido original de la fiesta y para significar que Jesús es la luz del mundo quisieron celebrar su nacimiento en esta fecha tan especial, dedicada al nacimiento del sol. Además, muchos historiadores insisten con alguna certeza que Jesús nació antes del año 4 a.C.C., que es el año de la muerte de Herodes I. Todas estas especulaciones son objeto de estudios pero lo realmente importante para el cristiano es que Jesús de Nazaret nació en un momento determinado de nuestra historia y puso su tienda entre nosotros.
No temed por vuestras preguntas y serenad el espíritu con la presencia del Espíritu. Solamente así la vida cristiana alcanzará sus mayores cuotas de perfección y santificación”.
Un hombre sugirió que Jesús de Nazaret era un ingenuo y que le faltó vivir unos pocos años más para comprender a las personas. Su ingenuidad, según este hombre, radicaba en su confianza en las personas que le rodeaban y que pedía a la gente más de lo que podían dar. Además, creyó que podía cambiar el mundo y a la sociedad. Pidió actitudes que rayan en lo sublime y que nadie, ni siquiera sus mejores seguidores, podían realizar.
Este comentario fue contestado por un amigo suyo, que era un creyente comprometido: “No hay constancia de que Jesús fuera un ingenuo y si no lo era sabía perfectamente que presagiaban su muerte.
Su descarada libertad, su cercanía con los pecadores, su crítica al templo como mediación válida hacia Dios, su relativización del sábado a favor del hombre, su pretendida autoridad que rectificaba la ley de Moisés, su confianza en Dios a quien llamaba cariñosamente Abba (papaíto), su proclamación como Mesías de Israel, su independencia hacia los grandes grupos religiosos de su tiempo... Todo ello fueron motivos que llevaron a la muerte a Jesús y “su tiempo le pasó la factura”.
Jesús no era un ingenuo y a pesar de todas las traiciones y negaciones, ataques y amenazas, creía en el hombre como la imagen auténtica de Dios. No creo que creer en la humanidad sea un signo de ingenuidad sino un signo de esperanza y la exigencia de una nueva humanidad reconciliada en el amor.
Y dijo el soldado romano: No puedo olvidar jamás aquel día. Un grupo de soldados romanos estábamos en el patio y nos mandaron a un pobre hombre que era ajusticiado por blasfemo, impostor, enemigo de Roma y traidor de las tradiciones judías.
Le golpeamos, como manda la ley romana, dejándolo destrozado y roto. Y luego la burla cruel de nuestras bromas le pusimos una corona de espinas, una caña por cetro y un paño viejo como capa real.
Y en esta situación jugábamos con él, tapándole los ojos y dándole golpes, para luego preguntar: “Adivina quién te ha pegado”.
Después de aquel vergonzoso espectáculo lo llevamos a crucificar por las calles estrechas de Jerusalén hasta el Calvario, fuera de la ciudad. Le clavamos en el madero con gruesos clavos que cosimos a su cuerpo.
Y luego tuvimos que custodiar su tumba por orden del Sanedrín, temiendo que robaran su cuerpo.
Ahora, soy uno de los suyos, y sigo al maestro, tremendamente vivo y misteriosamente presente.
Y en este momento actual, el reo se convierte en juez y es presentado como el Kyrios de la historia y el Señor de los secretos.