LUCES EN LA NOCHE.
Un
joven se encontraba aturdido y no se valoraba para nada. En esta crisis
existencial estaba cuando cayó en sus manos un documento que lo alegró
sobremanera: “Si quieres crecer en la autoestima te son necesarios estas
cosas: “no tengas miedo a comunicar tus sentimientos y emociones; acepta los
errores y las críticas como un instrumento de aprendizaje; acéptate a tu mismo
como eres; aprende a escuchar de forma activa; cree en la capacidad de
crecimiento de los otros; vive con sinceridad y honestidad; actúa siempre desde
la comprensión y la tolerancia; disfruta y goza de las pequeñas cosas de la
vida; intenta estar abierto a lo imprevisto;
busca lo positivo de cada persona; debes estar dispuesto a cambiar de opinión
si encuentras alguna alternativa más razonable; ten sentido del humor...” (F.
Voli).
Y comprendió por un momento que necesitaba salir inmediatamente de aquella situación de crisis existencial para afrontar su vida desde una perspectiva de autoestima y desde el convencimiento íntimo de que era valioso y único para el Dios vivo y verdadero.
La fe del cristiano está hoy menos condicionada por las circunstancias
sociales que en siglos pasados.
Actualmente hay una urgencia: personalizar el seguimiento de Jesucristo y
“dar razón de nuestra esperanza” a todo el que la pida.
En algunos momentos de la historia tenía importancia la pregunta “¿quién
decís vosotros que soy yo?”, pero hoy ya no es suficiente en un mundo
caracterizado por la increencia y la secularización.
Hoy más que nunca el creyente tiene que personalizar la respuesta “¿quién
decís vosotros que soy yo?”.
Y para dar respuesta convincente y existencial a esta particular pregunta
el creyente cuenta con Dios como emisor de todo el dinamismo de fe. Y cada día
descubrimos que se vislumbra como una tarea, una misión y un don.
Hoy se nos pregunta a cada creyente en lo más radical del corazón y de
la mente: “¿Por qué eres cristiano y qué razones tienes para creer?”.
Y si no pasamos del credo, fórmulas aprendidas de memoria, oraciones
transmitidas por diversas generaciones, podemos afirmar que aún no hemos pasado
de nuestra infancia religiosa y de nuestra fe heredada, quedando como pendiente
la personalización de la fe.
Cierto día una joven estaba aturdida por la muerte de su padre. Aquella
muerte le había dejado serenidad y tranquilidad de conciencia pero al mismo le
había hecho sentirse mal y ser cuestionada en su más profundo centro.
Se acercó a un sacerdote amigo y le preguntó con cierta ansiedad: “¿dónde
está mi padre ahora? Sé que su cuerpo está en la tierra pero su espíritu dónde
está?”
Su amigo sacerdote le comentó: “Debemos iluminar los hechos desde al
perspectiva de Jesucristo y afirmar que la muerte no es la experiencia última
de la existencia humana. Esto no indica que todo sea desvelado y comprendido en
este momento. No sabemos cómo están ni en qué dimensión se encuentran, ni
tan siquiera cómo resucitan los muertos al final de los tiempos.
Tenemos evidencias de que muchos muertos se hacen encontradizos
misteriosamente con algunos vivos, pero aún así tenemos que seguir bajo el
peso de la duda.
No te preocupes de la sospecha que anida en tu pecho y no te dejes llevar
del materialismo ambiental y confía en Dios a pesar de todo. Te sentirás bien
y te encontrarás en paz contigo misma”.
Aquellas palabras le hicieron comprender que no es útil para el alma
querer aclarar todos los misterios.
Una mujer se rebelaba abiertamente de los contratiempos y dificultades
con que se tenía que enfrentar en su vida. Y no aceptaba en absoluto un
problema familiar que la torturaba y le hacía sentirse muy mal.
Se preguntaba con ahínco el porqué de su situación y qué había hecho
ella para merecer aquello.
Comentaba con lágrimas su angustiosa situación a una amiga, cristiana
comprometida y practicante, y ésta le sugirió: “Querida amiga, lo primero
que tienes que hacer es aceptar tu situación y afrontarla sin máscaras ni engaños.
Lo segundo es ponerle nombre a esa situación para poder analizarla en sus
elementos más simples. Y después estudiar las posibles causas que han llevado
a esta situación tan dramática. Finalmente, busca posibles soluciones y decídete
por la menos mala y más razonable.
Pero te recuerdo vivamente que para que encuentres una respuesta
integradora y paz contigo misma no rechaces a Dios de todo este proceso, y desde
Él puedes encontrar un medio para crecer como persona y como cristiana un
camino de santificación”
Silvio Sassi ha expresado con acierto: “La comunicación... se ha
convertido en cultura... en cultura global”. En el fondo esta expresión está
en sintonía con Marshall McLuhan cuando afirmaba que “el medio de comunicación
es el mensaje”.
Esta nueva perspectiva hace comprender la importancia de los medios de
comunicación social en el diseño de la cultura actual y en la vida real de los
hombres de este final del milencio, y el descubrimiento de los medios de
comunicación social como elementos integradores de cultura y no solamente
contemplados como instrumentos al servicio del mensaje.
Ocurre a menudo que el mensaje cristiano se queda anclado en las
periferias de los medios de comunicación social, y esta ausencia lo único que
provoca en el receptor es la sensación de su no-existencia y su poca relevancia
en el tejido social, reduciendo su presencia al ámbito de lo privado y
los templos.
Y hoy, más que nunca, se nos exige que se integre el mensaje esencial
del Cristianismo en una cultura, cada vez más audiovisual y más cohesionada
por los medios de comunicación social, contemplando al mundo como una “aldea
global” (Marshall McLuhan).
imprevisto;
busca lo positivo de cada persona; debes estar dispuesto a cambiar de opinión
si encuentras alguna alternativa más razonable; ten sentido del humor...” (F.
Voli).
Y comprendió por un momento que necesitaba salir inmediatamente de
aquella situación de crisis existencial para afrontar su vida desde una
perspectiva de autoestima y desde el convencimiento íntimo de que era valioso y
único para el Dios vivo y verdadero.
La fe tiene una vertiente histórica y un depósito memorial que le hace
salir de su tentación permanente: ser reducida a puro sentimiento y anclarse en
el subjetivismo de la experiencia individual.
El remitente perpetuo y principal de la fe no es otro que Dios,
manifestado desde categorías de espacio y tiempo, aunque El mismo esté más
allá de estas categorías.
Cuando la fe se ancla en estructuras demasiado individualistas y
experienciales, surge un abandono de la exigencia misma de la fe, la vuelta a
las fuentes, y se apodera de ella un monstruo devastador que va minando como la
nada al país de la fantasía en la bella novela de ¿ , “La Historia
Interminable”.
Sin contenido la fe corre el riesgo de ser reducida a nada y perder la
fuerza del razonamiento y el valor de la narración.
Lejos quedan tiempos donde la cuestión de un pilar o artículo de la fe
era condenada con la pena de muerte, pero sin lugar a dudas la misma estructura
religiosa posee sus propios métodos de salvaguarda y sus dinamismos de condena.
Aunque hay todavía grandes ideólogos de la reducción religiosa, en el
clamor del consenso actual se ha recuperado la fuerza del contenido y la
exigencia del memorial dentro de la propia convicción religiosa.
El hombre es un “ser espiritual” que tiene que desarrollar esta dimensión para realizarse como persona.
La “apertura incondicional al Misterio” constituye uno de los elementos más importantes de una vida auténtica, que enlaza perfectamente con la búsqueda de sentido global último para su existencia, la realidad como conjunto y el curso de la historia.
Hay momentos en que la sociedad tan pragmática y tan tecnificada, consumista y madraza, quiere ahogar la dimensión espiritual, pero apenas dura una prohibición. El mismo hombre saca de su propio centro esa “sed de inmortalidad” y “hambre de eternidad” que le contagia de una búsqueda ardiente, por pura iniciativa de Dios, a algunas almas ansiosas de Dios, y a otros les hace sentirse insatisfechos de lo que les rodean y de su agitada existencia, sin saber que esa misma insatisfacción es un reclamo para volver a Dios.
No olvides esta dimensión espiritual y vuélvete sin duda alguna hacia Dios.
Un sacerdote recordaba a unos jóvenes que había que estar preparados para la muerte, que podía hacerse encontradiza en cualquier momento y circunstancias.
En ese momento Maite, una joven alumna, se rebeló abiertamente ante aquella declaración, alegando que para ella lo importante era pasarlo bien y divertirse, y que le parecía terrible acordarse en todo momento de la muerte.
El sacerdote le sugirió abiertamente: “El estar preparados para la muerte no quiere decir que no te diviertas y lo pases bien, sino que “tienes que tener preparadas las maletas”, o dicho de otro modo, no olvidarte que la muerte se puede hacer encontradiza en el caminar de tu vida.
Muchos sociólogos alertan de lo perjudicial que es para una sociedad olvidarse de la muerte porque entonces los ciudadanos se anclan en lo finito con bastante facilidad y en valores de caducidad.
Además tener miedo a la muerte lo único que genera es apego a lo terreno y miedo en tus aposentos.
Te digo que nunca olvides a Dios so pena de ser una desgraciada en el devenir de tu historia”.
En la historia espiritual de cada persona Dios se hará el encontradizo en situaciones cada vez más insospechadas.
De nada sirve tenerlo todo preconcebido y controlado porque a la hora que menos penséis, de inmediato, vendrá el vendabal del Espíritu y se hospedará en nuestro ego.
Como Abrahám oiremos una voz interior que nos hará salir de nuestras seguridades y apegos, y nos pondrá en camino hacia sendas cada vez más inciertas, pero de ellas dependerá nuestro crecimiento y nuestra perfección.
No ancles tu corazón en las cosas que te rodean y las posesiones más dispares, porque lo único que conseguirás es sellar el alma con la fuerza del miedo y la inseguridad te hará esconderte en la inhibición y la pasividad.
Te aseguro que en algún momento de tu vida, cuando menos lo esperes, Dios se hará el encontradizo y tu alma con Él será como “dos bailarines en la pista”.
Frente a una cultura que tiende a la fragmentación del saber y a la desintegración del equilibrio humano, la dimensión religiosa aporta en el creyente una dimensión integradora que aúna todos los acontecimientos y dimensiones en un “sustento fundamental de la existencia”, enclavado en la búsqueda de sentido último de la existencia.
Frente a una cultura sin memoria y satisfecha de la fugacidad de los ideales y los “ritmos culturales”, propensos a desequilibrios psicológicos, la dimensión religiosa añade en el creyente un valor de historicidad y la temporalidad adecuadas para sentirse miembro de una historia que tiene un origen y meta, un tránsito seguro y unos orígenes adecuados.
Frente a una cultura que ha reducido la verdad a pura opinión y a relegar a las grandes utopías en pro de la libertad de opinión, la dimensión religiosa y trascendente se convierte en una antorcha inestimable que postula una exigencia de cohesión con el Misterio, único artífice de la integración en cimientos seguros.