LUCES EN LA NOCHE.
Enrique Rojas afirmaba: “La madurez de la personalidad no puede ser entendida como un destino definitivo, una residencia donde uno llega y se instala y permanece allí. Debe ser vista de un modo bien distinto: nos estamos haciendo continuamente. La madurez es siempre un proyecto mejorable”
Y aquí radica el secreto de la existencia: avanzar hacia la madurez plena y hacia la perfección máxima como Jesús de Nazaret nos recordaba: “Sed perfectos como el Padre celestial es perfecto”
La madurez no está exenta de caídas y tropiezos, y sólo asumiendo un proyecto de perfección nuestro camino se hace cada vez más cierto y más llevadero, abierto a la perfección máxima, Dios.
Por favor, en este día, no te cierres en la mediocridad y ábrete hacia la presencia del Padre eterno, el Dios del amor.
“Un hombre para serlo completamente, tenía que vivir tres vidas y emplear la primera en hablar con los muertos (leer); la segunda con los vivos (viajar) y la tercera, consigo mismo (reflexionar)” comentaba Gracián.
Bien sabemos que la lectura nos reconcilia con la memoria colectiva de la historia y nos une al alma de los mejores hijos de la humanidad, e incluso nos hace rechazar las ideas y las experiencias de otros.
Bien sabemos que los viajes a otras culturas y países dejan en nuestra humana la huella de la relatividad y nos ayuda a tener una mirada universal y planetaria, ajena al fanatismo.
Bien sabemos que la reflexión y la meditación nos hace saborear la vida y nos hace cada día más humanos, más sencillos y más tolerantes.
El primer paso en las auténticas relaciones humanas es la empatía, sintonizar con la otra persona y comprenderla interiormente sin juicios ni prejuicios, poniéndose en su lugar y entrando en su mundo interno.
Cuando no entras en la dinámica de la empatía entonces aflora el no entendimiento y la no sintonía con el otro y sus problemas, y sólo brota el rechazo con la crítica demoledora hacia sus ideas, creencias, existencia y sentimientos.
Cuando la empatía sella las relaciones entonces la compasión, la comprensión, la misericordia y la corriente de afecto mutuo prevalecen, y es entonces cuando el calor humano se acurruca en nuestros pechos.
Raúl Follerau, el Vagabundo de la caridad fraterna, gustaba repetir: “Hombre es mi nombre de familia, cristiano es mi nombre de pila. Amigos, haced el favor de no dudar nunca de la bondad, la compasión, de la que he llamado amor, que salva al mundo”.
Este hombre, uno de los cristianos más importantes de este siglo, defensor de los leprosos y los marginados, la voz de los sin-voz en todas las instituciones internacionales, y el gestador de una mirada mundial nueva de ayuda a los leprosos, descubrió que sólo el amor y la compasión son capaces de salvar y liberar al mundo de su egoísmo y de su injusticia.
El Vagabundo de la caridad fraterna sabía que el perdón y la solidaridad eran los únicos caminos para humanizar a este mundo, que conoce tanto de guerras, odios, envidias y marginaciones.
“Sería incapaz de vivir sin amor; hacia mí misma, hacia los demás. Hubo un tiempo en que quise encerrarme en mi egoísmo, pero no lo conseguí. Resulta mejor sufrir por amor que convertirse en rama seca, quemada por dentro por la heladora ausencia de sentimientos” comentaba Giuletta Massina, una de las actrices europeas más importantes de todos los tiempos y la actriz predilecta de Fellini.
Cuando el amor se esconde en el baúl de los recuerdos y nos encerramos en nuestro yo, e incluso tememos amar para no sufrir, entonces el vacío existencial calma nuestras debilidades y nos hace cada vez más extraños para con los otros, sumergiéndonos en la nada y en la deshumanización más brutal.
Recuerda que Giuletta Massina se negó a ser como una rama seca, quemada por dentro por la heladora ausencia de sentimientos.
“El amor ve en el rostro del pobre, del que sufre, y del perseguido, el rostro de Jesús” decía continuamente Raúl Follerau, el vagabundo de la caridad fraterna.
¡Qué bien aprendió Raúl las palabras de Cristo en el evangelio de San Mateo, capítulo 25: “Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del Reino porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recibisteis en vuestras casas, estuve desnudo y me vestisteis, estuve enfermo y fuisteis a visitarme, estuve en la cárcel y fuisteis a verme” Entonces los buenos preguntarán: “Señor, ¿Cuándo te vimos? ? Y el Rey responderá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con alguno de esos mis hermanos más pequeños, lo hicisteis conmigo” (Mt 25,34b-40)
Catalina de Siena, una de las mujeres más importantes de la Iglesia de todos los tiempos y proclamada doctora de la Iglesia, juntamente con Santa Teresa de Jesús y Teresita de Lisieux, sabía que la esencia misma de la vida cristiana era la unión íntima con Dios, el Eternamente Santo. Reza con ella esta magnífica oración. : “Eres como un mar profundo en el que, cuanto más busco, más encuentro, y cuánto más encuentro, más te busco. Tú sacias al alma de una manera en cierto modo insaciable, pues... sacias al alma de tal forma que siempre queda hambrienta y sedienta de ti, Trinidad eterna, con el deseo ansioso de verte a ti, la luz, en tu misma luz”.
¡Qué bien sabía Catalina que Dios es la paz pero deja la inquietud, el agua que deja sed!
En este día, por favor, únete íntimamente
a Dios, Trinidad santa y eterna.
En el año 1986 los obispos vascos lanzaron una magnífica carta pastoral. Decían con una sabiduría divina: “ En el corazón del hombre los ídolos tienden siempre a ocupar el puesto de Dios... Cualquier persona, cualquier ideal, cualquier cosa, incluso los más irrelevantes, pueden convertirse en ídolo para el hombre... El ídolo tiende a convertirse en valor absoluto que suscita una devoción total y exige que la vida entera se reorganice en torno a él”.
Todos tenemos en la vida muchos ídolos que deben ser quemados y arrojados fuera de nosotros mismos. Ellos nos dominan interiormente y reclaman una devoción absoluta en la misma altura que Dios, el único Santo.
¡No absolutices a nadie ni a nada y abre tu persona a la grandeza de Dios!
En una ocasión un grupo de jóvenes preguntó a su profesor y catequista: “¿Existe realmente el infierno?
Entablaron un caluroso diálogo. Unos decían que sí y otros afirmaban rotundamente que no. En medio de tertulia apasionada alguien recordó las palabras de Bernanos: “El infierno, el infierno es no amar”
Ya vivimos en nuestra realidad finita situaciones ajenas al amor y a la misericordia que anticipan ese infierno sin llamas ni calderas, y también degustamos las mieles de la gloria cuando somos amados y saboreamos la compasión.
Efectivamente, hay situaciones de infierno en nuestra realidad humana y terrena, lejos de la grandeza del amor.
Jesús de Nazaret nos enseña a cada hombre y mujer que viene a este mundo, y se pone en su honda, cómo se puede vivir en toda su hondura esta existencia frágil desde Dios y para Dios como hijos de un Padre que sólo busca nuestra salvación, a pesar de que haya heridas abiertas en nuestro caminar tan oscuro.
Jesús de Nazaret es un maestro de la eternidad que nos libera de nuestras ataduras interiores y nos lanza hacia la vida con los otros y desde Dios. Sin él nuestros llantos y nuestras penas serían más hondas y más desesperanzadas.
¡Vive desde Jesús la vida y contagia tu fe de la sonrisa de Dios!