LUCES EN LA NOCHE.
Toda la vida de Jesús gira en torno a dos grandes ideales y motivaciones. Por un lado, cumplir la voluntad del Padre y comunicarla a los demás; y, por otro lado, trabajar para realizar la misión que Dios le había encomendado: anunciar a todas las personas la Buena Noticia del Reino.
Bien sabía que la grandeza del seguimiento radica en cumplir la voluntad del Padre, que en el fondo es la realización de su proyecto salvífico del “cielo nuevo y la tierra nueva”. Y todo eso conlleva acercarse a un “discernimiento del Espíritu” descubriendo desde un camino negativo aquello que no es la voluntad de Dios.
Y a todos anunciaban la Buena Noticia del Reino en su más justa medida intentaba presagiar el triunfo de Dios sobre el mal y la tensión esperanzada hacia la parusía.
El clamor de toda vida cristiana debe ser, en su más apasionante aventura, cumplir la voluntad del Padre y anunciar la Buena Noticia del Reino.
Y dijo el profeta: “Esta noche es la más perfecta de las noches, la más auténtica manifestación de los secretos.
Hasta este momento los hombres han ocultado sus sueños en la desesperanza y en el engaño, creando dioses a su medida que juegan a castigar a los humanos, mudando sus figuras y acercándose a la tierra con mútiples artilugios.
Pero helo ahí que vino Él sin grandes sobresaltos, silenciosamente, casi sin dar ruído, en un lugar recóndito y lejano, apenas relevante en la historia diseñada por los poderosos y grandes de la tierra. Apenas la historia oficial tuvo noticia de aquel acontecimiento ni se anunció con trompetas y grandes felicitaciones.
La noche se apoderó del corazón de los hombres y se hizo extremadamente oscura durante millones de años, pero helo ahí que vino Él sin caballos blancos ni carros de fuego, deslumbrando a los vecinos, sino con sencillez y cercanía.
Hasta ahora los dioses eran bellos, perfectos, lejanos, juguetones, pero helo ahí que vino Él y se ancló en nuestra historia, cargada de bendición y maldición, pecado y gracia, torturas y tolerancias,... Y suspiró hondamente, miró profundamente y gritó con vehemencia: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
Martín Luter King ha sido uno de los hombres más carismáticos de la reciente historia de los Estados Unidos. Él abogaba por la no-violencia y la resistencia activa como caminos para alcanzar una sociedad cada día más fraterna y equitativa, libre y justa, ajena a la discriminación racial e igualitaria en sus principios.
Y Martín afirmaba: “Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos alcanzado el sencillo arte de vivir juntos como hermanos”.
¡Desesperanzador diagnóstico de Martín que nos recuerda que si bien hemos alcanzado grandes metas en el ámbito científico aún no hemos cubierto el más mínimo itinerario a favor de la fraternidad y las buenas relaciones entre los hombres!
Y aquí estamos nosotros suspirando un crecimiento más auténtico a favor de las relaciones humanas y de la justicia como soportes necesarias de una sociedad cada día más auténtica y proporcionalmente correcta.
Un matrimonio se sentía tremendamente inquieto por una experiencia que le había sacudido espiritualmente y admiraban la “astucia evangelizadora” de un sacerdote amigo, que había provocado la misma.
Pero el sacerdote les contestó: “Para Dios no existen las casualidades. Él se hace el encontradizo de mil maneras y respeta increiblemente la libertad y el ritmo de cada persona.
Algunos vislumbran desde pequeños la grandeza del Señor; otros, en cambio, hallan la huella de la fe en algún momento de su existencia.
Vosotros os habéis sentido sobrecogidos por esta experiencia, pero no penséis que está mi persona en toda ella, porque en el fondo de todo el dinamismo se halla el dedo poderoso e invisible de Dios, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo.
Todo cuanto ocurre está preñado de la presencia de Dios y son oportunidades para crecer como personas y acercarnos a Él con caridad y misericordia”.
Y dijo el profeta: “La vida es, en ocasiones, un enigma en esta historia nuestra. Muchos hombres y mujeres buscan desesperadamente una huella que les haga reencontrarse con los orígenes, perdidos en el silencio de los siglos.
Pero, aunque la realidad y la materia tiendan a la augestación y el desarrollo de su propio dinamismo, es en los umbrales de la historia y en el origen de la vida hasta hoy se vislumbra el “dedo creador” de Dios.
Todas las cosas van encaminadas hacia el surgimiento del hombre, “animal con capacidad de pensar y amar”.
Aunque algunos no admitan una diferencia cualitativa entre el hombre y el resto de los animales, lo cierto es que el hombre posee características excepcionales que lo diferencia cuantitativamente y lo hace distinto a todas las demás “creaturas”.
Y nunca olvides que esta historia va encaminada hacia un “punto omega” y será plenamente desvelada desde el final, que no es otro que la “recapitulación de todas las cosas en Dios”.
Contempla a las hormigas en una tarde cualquiera. Todas ellas, trabajadoras e incansables, almacenan alimento, en ocasiones portando el doble que su peso real. ¡Y qué sentido de la organización, necesaria e imprescindible para la supervivencia!
Cuando sientas que el cansancio te paraliza, el individualismo te corroe, la pereza te invade mira a las hormigas y verás cómo descubrirás una maravilla de la naturaleza que es más extraordinaria que las estrellas.
El universo posee un orden y unas leyes que les da su propia capacidad de conservación y su propio eje de desarrollo, impulsado por la fuerza de su origen y la mano invisible de su “creador”.
Si algún día quieres crecer en tu amor al trabajo y en la cooperación altruista a la especia misma mira a un hormiguero y, entonces, con espíritu de conversión, te elevarás por encima de ti misma hacia la perfección desde el amor al trabajo.
La riqueza genera en el hombre un apego del corazón hacia las posesiones con tal intensidad que le hace anclarse en el egoísmo más primario y en la mediocridad más intensa.
En realidad ocurre algo curioso: la riqueza da al que la posee dos poderes que, en muchos momentos, luchan entre sí. Por un lado, ancla en su corazón la fuerza de la seguridad ante los contratiempos y ahuyenta la pobreza, y, por otro lado, le inyecta el veneno del miedo terrible a perder esa misma seguridad, mirando con recelo a los que les rodean y las mismas coyunturas históricas.
Muchos hombres y mujeres andan destrozados en su más íntimo centro y simplemente ocultan sus vergüenzas con dinero y joyas, y piden a gritos que pasen de largo la enfermedad, la crisis económica y la muerte.
¡Cómo resuenan las palabras de Cristo: “ No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta... Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal” (Mt 6,25-34).
Un hombre, conocido activista a favor de colectivos marginados y grupos étnicos desfavorecidos del mundo, comentó a un amigo suyo, creyente comprometido y cristiano practicante: “Hay una Iglesia con al que me indentifico y a la que admiro, una Iglesia que ayuda a las causas perdidas y se identifica con los sin-voz de la tierra, pero hay otra Iglesia, burocrática y grandiosa, piramidal e inmisericorde, lejana a la realidad y preocupada por los asuntos imposibles y la belleza de sus propios templos, y esa misma Iglesia me hace palidecer y renegarme desde dentro.
En algunos momentos desearía creer y tener una razón última que haga llevadera mi propia existencia, pero inmediatamente brota mi rechazo más intenso y mi indiferencia más cierta que hace absurdo mi propio deseo. Y no es por mi familia, que es muy creyente, sino por mi propio vaciamiento”.
Y su amigo le comentó: “Por favor, no cambies en tu preocupación por la justicia y la solidaridad con los más desheredados de la tierra. Aunque no sientas que tu anhelo es obra de Dios, algún día descubrirás que Dios escribe siempre en la vida de cada hombre y mujer que vienen a este mundo, y en el momento menos esperado se hará encontradizo en tu mismo vaciamiento”.
En la película “Otra mujer” del director americano Woody Allen se plantea una gran cuestión: Una mujer en su momento más esplendoroso de su vida y en su más auténtico éxito profesional decide pedir una excedencia en su trabajo para poder terminar un libro. Alquila un pequeño apartamento y curiosamente en el salón escucha algunas consultas de un psiquiatra vecino con sus pacientes.
Aquellas escuchas, sobre todo de una mujer embarazada y depresiva, le hacen releer su pasado y comprender el presente, que se hace añicos a su paso. Y descubrió que se había negado siempre a “dejarse llevar por el corazón”, siendo tremendamente racional en sus decisiones y poco pasional en sus actuaciones. Había renunciado siempre al amor para subir en su brillante carrera y sus éxitos profesionales, engañándose la mayoría de las veces a sí misma.
Su verdadero y auténtico amor de su vida, al que renunció por ese razonamiento, escribió un libro y le puso un nombre Jelenka. Y la definía como una mujer que siempre se había resistido a querer y amar apasionadamente, pero que solamente sería liberada de su “prisión interior” si ella se dejara vencer por la capacidad de amar y sentir.
Y esta película puede servir de símbolo a muchos hombres y mujeres que en pro de una subida profesional renuncian al amor, auténtico sentimiento que nos libera de nosotros mismos y de nuestro propio raciocinio, sabiendo que “sólo el amor cambiará al mundo”.
El hombre, en el ajetreo de la vida, tiene que acostumbrarse a vivir sin un apoyo, un apoyo que le ahga sentirse seguro, sin tener que esconder su tímida y oscura desorientación.
Hubo alguien que se le hizo insoportable el apego a la tierra y creó un mundo irreal e incierto, ideológico y ajeno a la comprobación empírica. Y sus seguidores construyen un depósito intocable y dogmático, supramundano, con “guardianes inmisericordes y alacranes del miedo”.
Pero la religión oficial se hizo agobiante y represiva, y en este mundo, oculto en sus adentros y veraz en sus principios, apareció Él sin demasiados preámbulos y sencillo en su esencia, y dijo: “el hombre es Señor del sábado”.
Hasta ese momento, los contenidos del universo simbólico religioso eran “cargas pesadas para la gente”, pero El vino y relativizó la ley en beneficio del hombre, y aquello fue insoportable para los guardianes del Templo.
En medio de estas normas, religiosas en sus apariencias, donde el hombre actual va huyendo de sus contenidos, la exigencia de Jesús pervive en el tiempo, aunque se oscurezca la misma religión.
Y hoy va desapareciendo el esfuerzo de las grandes religiones, que son reducidas a una aspiración del hombre, a un anhelo y sed de eternidad sin remitente real ni dirección final, y esto es lo verdaderamente grave y el principio del fin.