LUCES EN LA NOCHE.  

11.- Los sabios.

 

Ser sabio no es tarea fácil. Estar abierto a todo cuanto existe y no anclarse en la ignorancia son los secretos mejores guardados de la sabiduría.  Alcanzar la calidad de sabio no se consigue nada más que con reflexión, meditación y contemplación.

                Napoleón decía que “los sabios son los que buscan la sabiduría. Los necios piensan ya haberla encontrado”.

                Quizá tuviera razón Napoleón. Sólo la búsqueda incesante nos llevará a buen puerto y nos dará la llave que rompa nuestra ignorancia. Sólo el dolor que provoca el conocimiento nos hará encontrar la senda hacia la verdad plena.

                Sólo quién afirma su ignorancia y se apoya en la humildad podrá buscar la sabiduría que se esconde en los huecos de la vida.

 

12.- La oración.

 

                Santa Teresa de Jesús, una de las mujeres españolas más importantes de la historia mundial y una auténtica maestra en el arte de rezar, decía: “La oración que no advierte con quien habla, y lo que pide y quién es quien pide y a quién pide, no lo llamo yo oración, aunque mucho menee los labios”.

                La oración es un trato de amistad con Dios, que llena de sentido y de amor toda la vida del hombre y de la mujer creyentes. La oración grita en lo más profundo del corazón estas palabras que sellan de esperanza cada acto y cada pensamiento: ¡Sé de quién me he fiado!

                La oración no gusta de muchas palabras huecas. Sólo quiere un corazón sencillo que alaba al Dios de la vida, aunque sea en los más profundos pozos.

 

13.- La tristeza.

 

                ¡Qué bien sabemos que las cosas y las riquezas no valen nada cuando el vacío y la tristeza se apoderan de nuestra vida!

                ¡Cuánto pesan las posesiones cuando ellas mismas se convierten en guardianes de nuestra esclavitud interior y nos cierran a cal y canto la grandeza de la confianza en el otro!

                ¡Qué dolor encierra la soledad cuando la tristeza nos envuelve y nos hace amigos de las lágrimas!

                ¡Qué  sufrimiento se acumula en nuestro espíritu cuando la tristeza se hospeda en nuestra casa y nos lanza a la soledad y al miedo!

                ¡Por favor, en este día, lucha contra la tristeza amando a los demás!

 

14.- Valorar lo que tienes.

 

                Cicerón afirmaba: “La buena salud la aprecian más los que acaban de pasar una grave enfermedad que quienes nunca estuvieron enfermos”.

                Efectivamente, sólo el que ha pasado por una experiencia es capaz de entenderla y comprenderla en su justa medida.

                Bien sabemos, por experiencia propia, que sólo valoramos las cosas cuando estamos lejos o la hemos perdido.

                ¡Cuántas veces estamos al lado de la fuente y no percibimos su agua cristalina! ¡Cuántas veces tenemos la salud y no la valoramos hasta que se resquebraja sin remedio!

                Valora todo lo que te rodea, todo lo que eres y a todas las personas que pertenecen a tu universo simbólico.

               

 

15.- Una respuesta convincente.

                Eddy Merckx, uno de los ciclistas más importante de todos los tiempos, dijo en una ocasión: “Desde siempre soy un entusiasta seguidor de Jesucristo; lo llevo conmigo. Me convence su atractiva figura y su mensaje tan humano y tan divino. Estoy dispuesto a recorrer el mundo con mi bicicleta proclamando la grandeza de Jesucristo y dando a conocer su mensaje”.

                ¿Qué tendrá Jesucristo para atraer hacia Él a millones de hombres y mujeres, de cualquier condición y cultura?

                ¿Acaso tú no te atreves a unirte existencialmente a Jesucristo, convencido de que Él es el Camino, la Verdad y la Vida?

 

16.- Vosotros, los enfermos.

 

                El Concilio Vaticano II dedica un mensaje maravilloso a los enfermos. Si estás enfermo o eres cuidador de enfermos haz tuyas estas palabras: “¡Oh, vosotros que sentís más pesadamente el peso de la cruz! Vosotros que sois pobres y desamparados, los que lloráis, los que estáis perseguidos por la justicia, vosotros sobre los que se calla, vosotros los desconocidos del dolor, tened ánimo; sois los preferidos del reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida; sois los hermanos del Cristo paciente, y con El, si queréis, salváis al mundo... Sabed que no estáis solos, ni separados, ni abandonados, ni inútiles: sois los llamados por Cristo, su viva y transparente imagen”

 

17.-Una historia que emociona.

 

                Una mujer enlutada, acompañada de sus dos hijos, se acercó a una parroquia. Saludando al párroco, le dijo: “Soy la viuda del hombre que hace quince días ajusticiaron en la cárcel. Mi esposo era alcohólico y ladrón, como necesitaba dinero para sus vicios robaba; hasta que hace dos meses un robo le salió mal. Entró en una joyería y con un cuchillo amenazó al joyero a que le entregara el dinero y las joyas. Éste se resistió, entonces, mi marido se abalanzó sobre él y le hundió el cuchillo en el pecho... Mi marido fue condenado a la guillotina y ejecutado más tarde. Y aquí vengo con mis dos hijos, de ocho y diez años, a que les enseñe el catecismo, en especial los Mandamientos de la Ley de Dios, para que vayan por el camino del bien y se aparten del mal. No  quiero que sean como su padre”.

                La buena mujer se despidió del párroco y dejó a sus dos hijos en la catequesis.

 

18.- El cielo.

 

                Caminaba por una calle un anciano sacerdote, y en dirección contraria venía un hombre muy incrédulo. Al ver al sacerdote, se dijo para sí: “Me voy a reír de este viejo cura”.

                Acercándose a él y en tono socarrón le dijo: -Sr Cura, ¿podría decirme dónde está el cielo? El anciano cura, con mucha bondad, le dijo: -Sí hijo, mira, cerca de aquí está la calle Ulloa, te llega a la casa n. 43, subes al 8º piso, llamas y allí verás el cielo.

                El incrédulo quedó tan desconcertado y sintió curiosidad en saber qué había en aquel ático y fue a la casa. Allí encontró un anciano en una habitación pobre y acostado en una cama. Una anciana dijo al visitante: -Es mi marido; está paralítico, yo estoy bien y puedo atenderle.

                El incrédulo se llenó de pena y compasión y preguntó: -¿Y nadie les atiende? Ella contestó: -Sí, la parroquia nos ayuda a pagar la renta y la luz, y nos traen alimentos; una señora, también de la parroquia, nos limpia la ropa y la casa dos veces por semana.

                El incrédulo dijo: -Bajo a la calle y enseguida vuelvo. Al cabo de un rato volvió cargado de comida. Cuando bajó las escaleras sintió tal felicidad por el bien que había hecho que repetía: -Tenía razón el cura que, en este piso estaba el cielo, y encontré, en este cielo, la felicidad.

 

 

 

19.- La Risa.

 

                Erasmo de Rotterdam, uno de los humanistas del Renacimiento más importantes, afirmaba con contundencia: “Reírse de todo es propio de tontos, pero no reírse de nada lo es de estúpidos”.

                La risa es beneficiosa para el alma y para la salud. Continuamente los psicólogos nos advierten de lo saludable que es para nuestro equilibrio personal. Algunos hablan de dos horas diarias de risa y alegría desbordante.

                Pero no usemos como motivo de nuestras risas los fallos, errores, defectos de los demás. Esta actitud es patológica y evasiva, al tiempo que es de mal gusto y mala educación.

                Quizá el mejor ejercicio que puedas hacer por la mañana es mirarte al espejo y reírte de ti mismo.

                Puedes decirle a los que te rodean: No quiero reírme de ti, quiero alegrarme y reírme contigo.

 

20.- Desvelando incógnitas.

 

                Séneca afirmaba: “No puedo decirte quiénes me irritan más, si los que quieren que no sepamos nada o los que ni siquiera nos dejan ignorar”.

                En muchas ocasiones la vida posee ciertas incógnitas que ni el estudio ni el razonamiento, ni la experimentación ni las más grandes sabidurías humanas pueden desvelar. Y el ser humano tiene derecho a que nadie, en nombre de ningún poder ni autoridad científica, quiera desvelárselo.

                Muchas veces la ignorancia no es la ausencia de un espíritu sabio, sino la esencia misma de la sabiduría. Ya lo decía Sócrates, el filósofo griego que impulsó a la filosofía más allá del mito y de los sofistas, cuando decía: “Sólo sé que no sé nada”. Era uno de los hombres más inteligentes de su tiempo.

 

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