LUCES EN LA NOCHE.
Orígenes, en el siglo segundo de nuestra era, invitaba a vivir como piedras vivas del Pueblo santo de Dios: “Tú que sigues a Cristo y que lo imitas, tú que vives de la Palabra de Dios, tú que meditas en su ley día y noche, tú que ejercitas sus mandamientos, tú que estás siempre en el santuario y nunca sales de él. Porque el santuario no hay que buscarlo en un lugar, sino en los actos, en la vida, en las costumbres. Si son según Dios, si se cumplen conforme a su mandato, poco importa que estés en tu casa o en la plaza, ni siquiera importa que te encuentres en el teatro; si sirves al Verbo de Dios, tú estás en el templo, no lo dudes”.
Descubre que el santuario, la presencia viva y perenne de Dios, hay que buscarlo en la vida misma.
El Cardenal Suenens afirmaba con un optimismo acentuado: “La dilatada historia de la Iglesia está llena de maravillas del Espíritu Santo. Piénsese en los profetas y en los santos que, en momentos cruciales, han suscitado una corriente de gracia y han proyectado sobre el camino un rayo de luz”.
¡Qué gran don del Espíritu la cantidad de hombres y mujeres que han sido sobrecogidos por sus siete dones y han lanzado a este mundo hacia la justicia y la dignidad!
¡Qué regalo del Espíritu que en toda generación ha hecho brotar con fuerza la participación de la luz divina a través de hombres y mujeres que han criticado “la ley de la selva” y han creído en la dinámica del amor para este mundo tan poco dado a querer!
Creo que Dios será fiel a sus promesas y que de manera inequívoca se manifestará al final de la historia.
Creo que la muerte, la violencia, la enfermedad, la injusticia y el mal serán destruidos para siempre y el poderío de Dios se manifestará a borbotones.
Creo que las víctimas de ayer, hoy y mañana serán consoladas y que la última palabra para ellos no será la tortura, la violencia y el triunfo dominante de sus verdugos.
Creo que Dios se ha manifestado plenamente en Jesucristo, muerto y resucitado, y que su grandeza radica en su debilidad, en su pequeñez, en su silencio y en su destino.
Creo que el final de la historia será desvelado con toda su fuerza desde la promesa cumplida de Dios, el siempre fiel a pesar de su aparente silencio.
El Padre Arrupe contaba esta experiencia hablando de la oración: “Había una muchacha joven japonesa recién convertida que venía a menudo a una capilla. Era una capilla tan miserable que cuando llovía no había suficientes cubos en casa para las goteras que caían. Y aquella joven se pasaba una hora y, a veces, hasta tres horas.
Un día le dije al salir: -“¿Qué haces en la capilla? ¿Rezas el rosario?” Ella contestó: “No”. “¿Lees algún libro?” –“No”. “¿Qué haces?” –“ Orar”, comentó ella. –“¿Y cómo oras?” Ella sonriente contestó: -“Me voy al sagrario, me pongo delante de Nuestro Señor: Él me mira y yo le miro, simplemente”.
Monseñor Oscar A. Romero declaró poco antes de morir asesinado en el Salvador: “He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección; si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.
El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad... Mi muerte, si es aceptada por Dios, sea por la liberación de mi pueblo y como un testimonio de esperanza en el futuro. Puede usted decir que si llegasen a matarme que perdono y bendigo a quienes lo hagan.
Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es pueblo, no perecerá jamás”.
En la mochila de un soldado americano, muerto en Africa, se encontró esta oración: “Mira, Señor, yo nunca hablé contigo. Me dijeron que no existías... Pero esta noche, cuando estaba en la trinchera, una bala iluminó la oscuridad y vi tu cielo. Sólo entonces caí en la cuenta de que me habían engañado, al mirar con atención todo lo que Tú has hecho. Oh, Dios, ¿Y si me dieras un apretón de manos? ¿Cómo es posible que haya venido a parar a este infierno sin nunca haberte encontrado?
Yo te amo; quiero que lo sepas. Sabes, Señor, la batalla va a ser tremenda. ¿Y quién sabe si yo mismo no iré a llamar a tu puerta? A pesar de que aquí no hemos sido amigos, espero que Tú mismo me abras. Y, pensando en esto, me echo a llorar: ¡Oh, cómo querría haberte conocido antes! Ahora que te conozco ya no tengo miedo a la muerte.
Muy a menudo no descubrimos que detrás del artista de la farándula y del cine se esconden grandes personas con grandes gestos y una vida sencilla.
Josephine Baker era una artista negra famosa. Adoptó doce niños de distintas razas y religiones para que convivieran en sus posesiones. Ella creía que la convivencia era posible y que el racismo y el fanatismo pueden ser rotos desde dentro.
Lloraba y sufría intensamente con el dolor y el drama humano. Cantó desgarradamente a beneficio de las víctimas de la guerra del Vietnam, una de las páginas más tristes de la historia de los Estados Unidos en los años 60.
Nunca olvidó sus orígenes humildes. Le preguntaron en una ocasión: -¿Cómo empezó usted a bailar? Y Josephine respondió: -Porque tenía frío.
Emiliano Tardif, sacerdote canadiense de la renovación carismática, cuenta en su libro “Jesús es el Mesías” una anécdota que nos puede ayudar a reflexionar: “Dos seminaristas fueron a un retiro de Iniciación de la Renovación Carismática. Regresaron tan felices que fueron inmediatamente al Rector a contarle todo lo que habían vivido. Aquel hombre los veía con desconfianza.
De pronto, uno de ellos, le dijo: “Monseñor, ¿no quiere que oremos por usted para que reciba el Espíritu Santo?”
El Rector, un poco enfadado, contestó: “El Espíritu Santo ya lo recibí cuando me bautizaron. Luego el día de mi Confirmación, y además el día de mi ordenación sacerdotal también...
Después de unos segundos de tenso silencio, el otro seminarista añadió: “Entonces, Monseñor, ¿no podríamos orar para que se le note?”
Cuentan que una chica tenía muchos complejos de inferioridad y todos la despreciaban. Se sentía muy mal y en muchos momentos tenía ganas de suicidarse.
Aquella chica se acercó a la oración. Al principio como evasión, para olvidarse de sus problemas; después fue sintiendo consuelo y serenidad. Finalmente su corazón se sintió grande, acogido y amado.
Muchos días después aquella chica acomplejada pudo sonreír, y se repetía continuamente: En el fondo de mi misma he encontrado la felicidad y me siento amada apasionadamente por Dios, el Totalmente Otro.
70.- Los buenos no son tan buenos.
Un hombre de 80 años y cargado de una sabiduría natural, campesino por más señas y padre de tres hijos, comentaba a un sacerdote: “Padre, quiero decirle que en mi larga vida, pasando por muchas situaciones, y conociendo a muchos hombres y mujeres de toda condición y en toda circunstancia, he aprendido una cosa con una certeza más allá de toda duda: que los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos. Podría decir que ésta ha sido la enseñanza más fuerte de toda mi vida”.
El sacerdote meditó unos minutos aquellas palabras mágicas y grandes, salidas de un hombre cargado de años y de sabiduría. Recordó la parábola del trigo y de la ciñaza en el evangelio. Y supo, en ese mismo instante, que aquel hombre y su maravillosa experiencia no estaban lejos del Reino de Dios.