1.- EL SUFRIMIENTO DE LOS INOCENTES (25/03/2004)
El sufrimiento y el dolor, la guerra y el hambre, la muerte de los seres más
queridos y la injusticia más atroz, los desastres naturales y las masacres
etnias enteras en el mundo hacen estallar una pregunta en forma de estupor y
sobrecogimiento: ¿Por qué Dios permite el mal? ¿Por qué los inocentes y
menos favorecidos sufren? ¿Es posible creer en un Dios bueno y misericordioso
después de estas desgracias humanas de tales proporciones?...
Estas preguntas no son nuevas en la historia humana pero se
recrudecen ante el sufrimiento humano y la muerte de los más débiles. Además,
desde siempre estas preguntas han sido planteadas no sólo desde conciencias
lejanas a la dimensión religiosa sino desde personas creyentes que han querido
encontrar una respuesta válida desde su confianza en Dios.
Pero hoy más que nunca, cuando el mundo de la filosofía en muchos
frentes lanza la idea de que el concepto de Dios está agotado, el creyente
quiere saber qué respaldo teológico tiene la queja contra Dios en el proyecto
salvífico y el devenir histórico, cargado de tanto desastre y sufrimiento.
Es cierto que el sufrimiento deja sin argumentos convincentes
muchos discursos teológicos pero no por eso en situaciones límites se reclama
con más intensidad la existencia de un Dios que pueda hacer más llevaderos el
llanto y el lamento, al tiempo que haga válidas sus quejas y rebeldías. Desde la fe cristiana, los sufrimientos de los
seres humanos no son olvidados ni maquillados en pro de nada sino que alcanzan
una densidad insuperable. La
Teología de la cruz da respuesta al sufrimiento y al dolor del inocente. Y la
respuesta ante toda miseria humana es la resurrección de los muertos como un
acto reivindicador de Dios que sale al encuentro del hombre, sobre todo del maltratado por la vida y las circunstancias. Esta esperanza
en la resurrección y en el triunfo de Dios alienta a los creyentes a no caer en
el desaliento y a luchar para transformar las estructuras a favor del hombre y a
trabajar para ayudar a las víctimas, aunque tiemble su interior con lágrimas
fuertes.