12.- EL EJERCICIO DE LA POLÍTICA (15/06/2000).
La política ocupa uno de los últimos lugares en la valoración de las
nuevas generaciones y, en general, de la población española.
La política parece haberse reducido a estructuras partidistas y
en la evaluación del ejercicio de un político concreto y del ejercicio político
de una corporación municipal, elegido democráticamente en las elecciones
oficiales tanto generales como autonómicas. Y el desprestigio de la política
va acompañado con la imagen negativa de los partidos políticos y de las
instituciones públicas.
Parece que en muchos frentes la política se ha desvinculado de la
moral y de los valores éticos, abogando el "mal menor" y la eficacia
política. Además, la política de partidos genera una reacción lamentable
hacia las manifestaciones de instituciones como la Iglesia, pidiéndole su no
injerencia en los asuntos públicos, haciéndole reducir su parcela al ámbito
privado y subjetivo, solamente para sus fieles e incluso criticando las voces de
su jerarquía cuando habla para sus mismos fieles cristianos.
Ocurre una contradicción evidente: un sistema democrático ampara
el derecho a la libertad de expresión y a exponer las
posturas de cada ciudadano, si son defendidas sin violencia y sin atentar
contra la vida de sus semejantes, pero los defensores de tal sistema recriminan
las declaraciones de otros ciudadanos pidiéndoles, a veces con ironía, que se
dediquen a dimensiones ultraterrenas y a esconderse silenciosamente en sus
sacristías y en sus rezos. ¡Y todo ello en nombre de la libertad!
La verdadera política es preocuparse de los asuntos de la
"polis" y es necesaria esta dimensión para el desarrollo integral del
ser humano, que es un ser relacional y comunitario en su misma esencia. El
hombre, que es un ser social, necesita una eficaz y auténtica política,
ejercida fundamentalmente por los políticos, elegidos democráticamente por el
pueblo, con honestidad, sensatez y honradez, administrando los "bienes públicos",
en beneficio no de una minoría favorita o un partido político, sino para el
bien común, el bien de la mayoría.
El Cardenal Vicente Enrique y
Tarancón pronunció una homilía maravillosa en la misa del Espíritu
Santo celebrada en la Iglesia parroquial de San Jerónimo el Real, en la mañana
del 27 de noviembre de l975, con motivo de la exaltación del Rey don Juan
Carlos I al trono de España: "la Iglesia sí debe proyectar la palabra de
Dios sobre la sociedad, especialmente cuando se trata de promover los derechos
humanos, fortalecer las libertades justas o ayudar a promover las causas de la
paz y de la justicia con medios siempre conformes al Evangelio. La Iglesia nunca
determinará qué autoridades deben gobernarnos, pero sí exigirá a todas que
estén al servicio de la comunidad entera; que respeten sin discriminaciones ni
privilegios los derechos de la persona; que protejan y promuevan el ejercicio de
la adecuada libertad de todos y la necesaria participación común en los
problemas comunes y en las decisiones de gobierno; que tengan la justicia como
meta y como norma y que caminen decididamente hacia una equitativa distribución
de los bienes de la tierra... "
¡Magnífica exhortación del Cardenal Vicente Enrique y Tarancón en ese día histórico en nuestro país al expresar con una
contundencia fuerte qué le pide la Iglesia a las instituciones y qué lugar
ocupa la Iglesia en la sociedad civil, sin injerencias en competencias que no le
corresponden pero con unas palabras que decir en las decisiones políticas y
sociales!