15.- LA MUERTE. (3/08/2000).
Sería un error teológico de
incalculables consecuencias creer que la reflexión cristiana ha dulcificado el
drama de la muerte y el horror al sufrimiento por la esperanza de la resurrección.
Sería una distorsión pensar eso.
Ninguno de los evangelistas, ni
siquiera Juan, eliminó de sus obras el final trágico de Jesús. Ninguno ocultó
este hecho, y nadie, ni siquiera las Iglesias cristianas, pueden, en nombre de
la resurrección, quitarle importancia y, menos aún, dulcificarla.
Si bien es cierto que la sociedad
actual, hedonista, promotora del consumismo más atroz e impulsora de una
cultura desequilibrada ha arrinconado, e incluso se ha olvidado de la muerte y
del sufrimiento, convirtiéndolos en espectáculos para entretener; también no
es menos cierto que es una terrible pérdida no tener a la muerte como última
instancia, o penúltima para los cristianos, de la vida del hombre actual. Ella
se convierte en un principio de impulso para no instalarse en esta realidad para
siempre como lo único existente, y abre la pregunta sobre el gran quizá de la
vida más allá de la muerte.
La muerte es una amenaza para la vida
del hombre. Ya está presente en el momento de nacer como la tendencia final.
Ella arrasa personas, pueblos, civilizaciones, proyectos... Y ella misma puede
convertirse en el gran muro que cuestione la existencia de Dios, cuando se
concreta en un ser querido, en la matanza de inocentes, en la agonía lenta y
tortuosa de enfermos en los hospitales. Yo diría que es la única amenaza para
la creencia en Dios.
La
muerte abre, a nivel filosófico, planteamientos profundos sobre el "gran
quizás". No basta a muchos la postura agnóstica de instalarse seguros en
lo presente, olvidando los desastres y la muerte de su alrededor, y negando la
posibilidad de plantearse la pregunta sobre el más allá tachándola de inútil
y vacía. Pero, para otros, la postura atea, en sus múltiples vertientes, no
basta.
Por otra parte, el creyente de hoy
desea conocer qué respaldo bíblico y teológico puede tener su propia queja
ante el sufrimiento del inocente y su rebeldía dentro del proyecto de salvación.
Además, cada creyente debe enfrentarse a una pregunta que atormenta a los
contemporáneos como nunca, el sufrimiento del justo o del inocente, y enraizar
nuestra propia queja en el meollo de nuestra conflictiva existencia abierta a la
fe.