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EL MIEDO (9/1/2000).
El
miedo constituye uno de los mecanismos más fuertes en la integración del
individuo en la sociedad. El individuo busca, en la mayor parte de los casos, un
beneficio en su relación con la sociedad, que no siempre es material.
Ahora
bien, cuando se vislumbra en el horizonte una pérdida de estabilidad o de poder
(económico, político, religioso, social, etc.), entonces el individuo, e
incluso colectivos enteros, se repliegan sobre sí mismos y afloran posturas
agresivas y desequilibradas.
Hoy
asistimos a una época tremendamente movediza. La seguridad es un requisito cada
día menos estable y más codiciado. El paro, la falta de perspectivas en un
futuro cada día más incierto, el precario estado del trabajo en las economías
de mercado, el reclamo de una cultura cada vez más fragmentaria, la caída en
picado de la práctica religiosa en las sociedades modernas, el recelo de la política,
el auge de posturas neofascistas y extremistas, la falta de solidaridad y de
injusticia, la crisis de las grandes ideologías que marcaron una época, etc.
son realidades que hacen de esta época una amenaza para muchos grupos sociales.
La
seguridad genera en el hombre un apego del corazón hacia las posesiones con tal
seguridad que le hace anclarse en el egoísmo más primario. En realidad,
la seguridad da al que la posee dos poderes que, en muchos momentos,
luchan entre sí. Por un lado, ancla en su interior la fuerza de sentirse
alejado de los contratiempos y la pobreza, y, por otro lado, le inyecta el
veneno del miedo terrible a perder
esa misma seguridad, mirando con recelo a los que les rodean y las misma
trayectoria histórica.
Mientras
tanto, avalados por ese temor, se
atrincheran posturas cada día más egoístas y menos abiertas, al tiempo que se
anclan en el espíritu social los miedos más dispares, que condicionan las
relaciones entre los individuos, provocando grupos cerrados y posturas menos
tolerantes.
Cuando
se refuerzan socialmente y consiguen aplauso las posturas más refractarias,
cuando la referencia social muy a menudo son la corrupción y el desengaño,
entonces aparecen nuevos videntes que reclaman nuevos tiempos para la
intolerancia, dando alas a la añoranza antidemocrática.