26.-UN
DIAGNÓSTICO OCULTO. (5/04/2001)
Asistimos a una
decadencia cultural y ese diagnóstico estalla en los corazones de miles de
ciudadanos de nuestro tiempo.
El
desconcierto que deambula por doquier se hace fuerte cuando se acerca a los jóvenes,
exponentes más claros de las luces y las sombras de una cultura y la
manifestación más cierta de lo que se avecina, aunque sea en ocasiones como un
balbuceo.
Hay
una tendencia a olvidar la conciencia como el lugar donde se debaten los
pensamientos, las acciones y las palabras de un individuo en un clima de
honradez, justicia y verdad, sin mermar la dignidad del ser humano en referencia
a los otros.
Este
olvido en hombres de estado, profesionales y ciudadanos en general parece llevar
a nuestra sociedad a la ruina y la decadencia moral. Así ha ocurrido en otros
momentos históricos y así irá ocurriendo.
Cuando
una cultura olvida la justicia y se impone en el foro interno de las estructuras
e instituciones el “todo vale”, rompiendo el valor de la verdad y la
honradez, entonces todo intento de caminar hacia una sociedad más progresista y
más auténtica, solidaria y más justa para todos, se encamina hacia el
desastre.
Hoy
la separación entre lo económico y la moral, la realidad y los ideales parece
hacerse visible en muchas esferas sociales, al tiempo que se ancla como arma
preferente el engaño, convertido en modelo
de referencia, que convierte al ciudadano en “ladrón a escondidas” y en
“burlón de la verdad”.
Este
olvido de conciencia y la pérdida de la honradez como los valores más
importantes de una sociedad y la enseñanza más auténtica de transmisión a
las generaciones más jóvenes, que llevaron a muchos en otro tiempo a preferir
morir antes de perderlas como el caso de Santo Tomás Moro en la Inglaterra de
Enrique VIII, que se manifiesta en oficinas, gestorías, tiendas, salones de
justicia y secretarías de estado, lo único que lleva a la sociedad es a
convertir a la verdad en mera opinión y a la honradez en “burla inocente de
bonachones”, dejando en los ciudadanos una insatisfacción y un recelo que nos
anquilosa cada vez en la “ley de la selva” y el imperio del dinero.