28.-RÉQUIEM
POR JUAN NAVAS (17/12/2001).
El
día 8 de Diciembre se extendía la noticia por toda la diócesis a una
velocidad de vértigo. Mientras en la Iglesia Catedral eran ordenados cinco
nuevos diáconos para la diócesis de Córdoba, en ese mismo momento nos llegaba
la noticia que nos dejaba sorprendidos y con lágrimas en los ojos. ¡Si, también
los curas lloran!
Esa
noticia era la muerte de Don Juan Navas Sánchez, natural de Carcabuey y párroco
de la Parroquia de Santiago en Montilla, arcipreste del arciprestazgo
Montilla-La Rambla... a la edad de 49 años.
Los
que conocimos de cerca de Juan sabíamos de sus virtudes y cualidades, de su
semblante serio pero leal, buen compañero de sus compañeros, cercano,
trabajador incansable, sencillo, humilde... Era de los que el pueblo cataloga
como hombre bueno y buen sacerdote. Verdaderamente
Juan quiso hacer realidad en su ministerio sacerdotal las palabras mágicas de
San Juan Crisóstomo: “Dios no tiene necesidad de vasos de oro, sino de almas
de oro”. Juan acarició muchas veces como sacerdote la esencia del Misterio y
desde su identificación con Cristo como buen pastor fue capaz de hacer creíble
la cercanía y la esperanza.
La
noticia sacudió como un látigo a toda Montilla y sembró el dolor en los que
le conocimos. Realmente estamos habituados a que la muerte recorra nuestras
parroquias y se lleve a nuestra gente, pero no nos acostumbramos a esa huésped
indeseable y que se lleve a gente como Juan. ¡Qué miedo nos da la muerte
cuando la vemos de cerca!
Y
el entierro de Juan, a las 10, 30 de la mañana, en el segundo domingo de
Adviento, fue la manifestación pública de un pueblo y de un presbiterio con su
Obispo despidiendo a un sacerdote y amigo. Fue una manifestación de un pueblo
con lágrimas en los ojos y esperanza en el corazón.
En
momento como éstos vislumbramos con radical evidencia el misterio de la vida y
su gran debilidad. La vida parece tan fuerte pero basta poco para que se vaya.
¡Qué bien sabemos que Juan experimentaba en su vida sacerdotal, cimentada en
su confianza en Dios, que “morir es cruzar una puerta a la deriva y encontrar
lo que tanto se buscaba” (Martín Descalzo)!
La
muerte cuando se concreta en alguien a quien queremos se hace desgarro en el
corazón, pero el entierro de Juan invadió el espacio de dolor pero también se
abría la puerta a la esperanza desde una fe que celebra y confía en el Dios de
la vida.
Unas
semanas antes, en el encuentro mensual de nuestro Arciprestazgo Montilla-La
Rambla, celebrado en Fernán-Núñez, en la oración matinal meditábamos unas
palabras de Martín Descalzo, que vistas desde hoy, parecen un auténtico
testamento: “Poned sobre mi tumba mi nombre. Y mi apellido: sacerdote. Y nada más.
Porque jamás he sido ni querido ser otra cosa. Cuidad de que mis manos queden
libres o atadas por la cinta de mi ordenación. Y nada más. Procurad que mis
ojos permanezcan bien abiertos, asombrados aún de tanto amor como me dieron en
un lejano día de san José. Y decidle a la gente que perdone, si tantas, tantas
veces me ahorré yo, que era para ser repartido como el pan que brotaba de mis
manos...”
Toda la familia, padres, hermana, sobrinos, tíos, primos,
Comunidades Parroquiales de Santiago y San Sebastián agradecen desde lo más
profundo del corazón los gestos de solidaridad y condolencia por la pérdida de
Juan, pero sobre todo, y éste es el deseo que me han pedido que comunique, las
muestras de fe y de oración que se han manifestado en el día de su entierro y
en la misa funeral.