31.-LA
PREGUNTA QUE NO CESA (26/01/2001):
De
vez en cuando, aparece en el horizonte el drama y la desgracia en forma
de accidente, terremotos, asesinatos, enfermedades, terrorismos y muertes.
En
una perspectiva de la historia, concebida como narración detallada de los
hechos de una manera objetiva y al margen de todo comentario de valor, el drama
y la desgracia se conciben como manifestaciones de la vida, como hechos
puntuales de un todo que no almacena ninguna conexión con los sentimientos.
Pero,
también, cuando las concepciones seculares de la vida intentan anular toda
conexión con lo religioso y la fe, como por encanto, aflora una pregunta
inquietante y amenazadora, desestabilizadora y desesperada, altamente hiriente y
mordazmente deseosa de respuesta: ¿Por qué?
Los
no creyentes parecen tener fácil la respuesta y no poseen pretensiones más allá
de esa misma pregunta, que no pasa de un suspiro o de un aliento a su propio
dolor, pero los creyentes tienen más claves para enlazar su propia pregunta, y
la remite, de una manera existencial, no siempre pacífica, a Dios.
Dios
y el problema del mal son realidades que nunca alcanzarán su adecuación
perfecta de una manera total en esta historia inmanente que vivimos, pero nos
remite a una búsqueda de sentido y a un receptor válido de nuestra propia
queja.
El
problema del sufrimiento, sobre todo de los inocentes, es una cuestión que
provocará en nosotros preguntas incómodas y nos hace mirar al horizonte con
una tendencia hacia el final.
Una
historia sin Dios en el fondo lo que hace en el hombre es quedarse en su propio
ego y alejarse de la búsqueda de perspectiva y capacidad de reacción ante el
sufrimiento del otro.