40.- LA IGUALDAD DE LA MUJER (4/04/2002).

              Uno de los signos más evidentes de nuestro tiempo ha sido el derecho fundamental por asegurar la igualdad entre todos los hombres, y reconocer que “toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino” (G.S. 29).

            A raíz del Vaticano II, la Iglesia ha mirado con ojos nuevos la situación de la mujer.

            La mujer, en este tiempo, ha conseguido una importancia y una mayor participación en la vida social y pública. Su presencia es cada vez más creciente en el ámbito económico, político, laboral y, como no, en el apostolado de la Iglesia.

            La promoción social y las reivindicaciones justas de la mujer en el ámbito social no debe impedir su mejora en el hogar y su papel como madres, que necesita de manera apremiante ser replanteada en nuestra cultura occidental.

            El derecho de la mujer a su dignidad conlleva que no se le impida tener acceso a una educación y a una cultura iguales a las que se conceden al hombre. Además, en las reivindicaciones legítimas, la mujer reclama la igualdad de derecho y de hecho con el hombre. 

            Estas manifestaciones conciliares dan por fundamentado que la propia dinámica de lucha por asegurar el derecho y la igualdad de la mujer está valorada por la Iglesia, si bien aún queda mucho camino por recorrer y muchos muros que destruir.

            Puede que el movimiento feminista haya planteado las reivindicaciones en las misma clave que criticaba antaño al movimiento machista, el dominio de un sexo sobre otro.

            Defender la igualdad  conlleva promover la igualdad de iguales pero diferentes en sus papales.