PRÓLOGO.
CARTA
A UN POETA.
EMILIO
LUQUE PÉREZ.
DIRECTOR
DEL INSTITUTO DE FORMACIÓN PROFESIONAL "A. M. CALERO".
Permíteme
que aproveche este espacio, cerca de algunos de tus mejores versos -que aún
silban con su atormentado civismo-, para reflexionar, acaso someramente, sobre
tu poesía. Cuán inútil aparece hoy la tarea de un poeta y que necesaria a los
ojos de quien la estima. Que ridícula su misión en este mundo desalmado y caótico
de final de milenio y qué grato es encontrarse con algunos de tus versos en
cualquier tiempo. Qué amarga soledad la del poeta que quiere hacerse oír,
llegar a todos porque a todos convoca. Tu poesía se adentra por caminos
interiores y quiere poner en pie de alerta un mundo del que no todo es
comprensible. Tú, que formas parte de una generación que descree, desoye y
desatiende cuanto preocupó a los que la precedieron, buscas con tu poesía
llegar más adentro del caos que la rodea. Tu verso, de corte sereno más no
timorato, no desecha nada en esa búsqueda que está llena de conocimiento. Tu
voz heterodoxa se hace cómplice de los débiles, de las víctimas, se hacen eco
de infaustos hechos, de injustas heridas. La belleza de tus versos no sólo
reside en la fuerza de tu grito, en la descarga de la denuncia, en el desprecio
del verdugo. Del hombre libre, del que recorre los caminos buscando entre la
niebla machadiana, nace una voz seductora y propia, tan humana, bella. Los títulos
de este ramillete de poemas son suficientemente explícitos de la verdadera
intención de este tu cuarto libro de poemas. Agradecimiento, admiración,
alabanza de algunos de los grandes personajes de este siglo, aquellos que todo
lo entregaron, pero también hay acercamiento en estos VERSOS A LO VIVO a
algunos de los más humildes y apenados seres de nuestro tiempo: a las víctimas
de la guerra, a las prostitutas, al hombre llano. Por todos los caminos llegas a
un mismo vértice, a un mismo eje, a un mismo punto de arranque. Y lo que tú
haces es controlar el vuelo, ya libre, ya rematadamente libérrimo, que nos
sobrecoge con la fuerza de un espectáculo infernal.
Pero
permíteme que te recuerde tu origen, desde ese recio pueblo cordobés de
hermosa factura, para conocer tu rectilínea y limpia trayectoria, para desvelar
lo que te mueve, tu ansia de comunicar, de aún mordiéndote los labios decir tu
última palabra. Una vasta preocupación por los débiles, por los desamparados,
por los humildes. De lo sencillo, lo simple, lo breve, están llenas tus horas,
hasta llegar a formar parte de tu esencia. ¡Oh, esta tarde azul y nueva, límpida
y caliente! Todo el azul se adentra en mis pulsos, en mis aires y confunde mis
ideas, aunque libera una desnuda fuerza. Permíteme un ùltimo ruego. No des
riendas al desaliento, nunca están solas tan humildes palabras, tan luminosas y
libres como amargas palabras, y háznoslas llegar como aire limpio más temprano
que tarde.