MIÉRCOLES I DE ADVIENTO.

INTRODUCCIÓN:

            La imagen del banquete es conocida como símbolo de plena felicidad. Invitados a él son todos los pueblos de la tierra. El profeta desentraña lo que quiere anunciar con ese símbolo, alimentador de la esperanza. Dios se revela salvador, y caen los velos de todos los ojos para verlo. El banquete es la vida en el reino de Dios. 

1ª Lectura Is 25,6-10

6 El Señor todopoderoso brindará a todos los pueblos en esta montaña un festín de pingües manjares, un festín de vinos excelentes, de exquisitos manjares, de vinos refinados.   7 Y quitará en esta montaña el velo que tapaba a todos los pueblos, el sudario que cubría a todas las naciones:   8 destruirá para siempre la muerte. El Señor Dios secará las lágrimas de todos los rostros, y la ignominia de su pueblo la borrará de toda la tierra; porque el Señor ha hablado.   9 Aquel día se dirá: Éste es nuestro Dios, de quien esperamos que nos salve; éste es el Señor, en quien esperamos. Alegrémonos, gocémonos, porque nos ha salvado.  10 Pues la mano del Señor reposa sobre esta montaña. Moab, en cambio, es pisoteado en su sitio, como se pisa la paja en el muladar.

 

INTRODUCCIÓN:

            Dios es el pastor de su pueblo. Jesús hará suya esta imagen que se va repitiendo a lo largo de la Biblia.

Salmo Responsorial   Sal 23,1-3. 5-6

1 El Señor es mi pastor, nada me falta:

2 en verdes praderas me hace reposar,

me conduce hacia las aguas del remanso

 3 y conforta mi alma;

me guía por los senderos de justicia, por amor a su

nombre;

3 y conforta mi alma;

me guía por los senderos de justicia, por amor a su

nombre;

4 aunque vaya por un valle tenebroso,

no tengo miedo a nada, porque tú estás conmigo,

tu voz y tu cayado me sostienen.

5 Me preparas una mesa ante mis enemigos,

perfumas con ungüento mi cabeza

y me llenas la copa a rebosar.

6 Lealtad y dicha me acompañan

todos los días de mi vida;

habitaré en la casa del Señor por siempre jamás.

 

INTRODUCCIÓN:

            La gente sencilla, los más necesitados son los que entran en el mundo nuevo y dan gloria a Dios.

Evangelio Mt 15,29-37

29 Jesús salió de allí, llegó a la costa del lago de Galilea, subió al monte y se sentó.  30 Se le acercó mucha gente que llevaba cojos, ciegos, sordos, mancos y otros muchos enfermos, y los pusieron a sus pies. Y él los curó,  31 de suerte que la gente se maravillaba al ver a los mudos que hablaban, a los mancos sanos, a los cojos andando, a los ciegos que recobraban la vista. Y alabaron al Dios de Israel.

   32 Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da lástima de esta gente, pues ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino». 33 Los discípulos le dijeron: «¿De dónde podremos sacar pan para hartar a tanta gente aquí, en un despoblado?».  34 Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos contestaron: «Siete y algunos peces». 35 Mandó a la gente que se sentara en el suelo.  36 Tomó los siete panes y los peces, dio gracias, los partió y los dio a los discípulos, y éstos a la gente. 37 Comieron todos y se saciaron, y se recogieron siete espuertas de las sobras.

 

COMENTARIO:

            El profeta Isaías nos invita a mirar al futuro donde el triunfo de Dios será una realidad en plenitud. Ese triunfo es puro don de Dios y una creación nueva, simbolizada con la imagen del banquete.

            El banquete donde el mismo anfitrión es el Señor nos revela el destino de nuestra esperanza y el sentido de nuestra confianza.

            Ese banquete tiene unas connotaciones específicas que nos recuerda lo específico de la vida de Dios: en primer lugar, son invitados todos los pueblos; en segundo lugar, serán rotos todos los velos que cubren a todos los pueblos; en tercer lugar, la muerte será aniquilada para siempre; y en cuarto lugar, “enjugará las lagrimas de todos los rostros”.

            Frente a la exclusión a que nos tiene acostumbrado la sociedad humana, Dios mismo nos hace vivir una dimensión universal de la llamada a la salvación.

            Frente a los silencios y los recodos de nuestra existencia, Dios mismo nos recuerda que todo será descubierto y revelado con toda contundencia.

            Frente al dominio destructor de la muerte, Dios mismo nos advierte que ella misma será aniquilada para siempre.

            Frente al sufrimiento y a las lágrimas en cada rincón de la tierra, Dios mismo nos manifiesta que serán enjugará las lágrimas de todos los rostros.

            Jesús mismo lleva a su plenitud la esperanza del Antiguo Testamento. Toda su vida es un anticipo de la plenitud que esperamos. Toda su existencia es un “rehabilitar personas” y liberar al hombre en todas sus manifestaciones.

            Si el final esperado es “enjugar las lágrimas de todos los rostros”, entonces él mismo sanará y curará a los que sufren, especialmente a “los tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros”,

            Si el final en plenitud es “preparar un festín de manjares suculentos; un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos”, entonces él mismo preparará un banquete donde el hambre y la sed será saciada en toda su extensión.

            Si el final anhelado es “arrancar el velo que cubre a todos los pueblos”, entonces Jesús mismo se manifiesta como el Mesías esperado.

            El Adviento nos alienta a saciar todas nuestras hambres y todos nuestros deseos en Cristo que llega, y en medio de este tiempo privilegiado de gracia suspiremos el festín mesiánico de amor, justicia y fraternidad, anticipado en la Eucaristía que celebramos los cristianos.

            El Adviento nos conduce hacia Cristo desde una esperanza humilde y un talante de conversión.

            Vive en este día la gran tarea de abrir tu alma a la venida de Cristo en el Espíritu. ¡Ven, Señor Jesús!